viernes

Capítulo XII. Lobos y corderos


L
a cabeza me zumbaba como si fuera una colmena poblada por furiosas abejas. Me afeité con los movimientos mecánicos de un robot, casi sin verme en el espejo, empeñado en mostrarme un rostro macilento. Solo los ignorantes y los cochinos sostienen que lavarse debilita la resistencia del hombre.
De niño, mi madre me inculcó que el aseo personal y la limpieza suplían la humildad de nuestras ropas. Además, como militar en campaña, la pulcritud era un ritual, un ejercicio imprescindible para mantener unos hábitos saludables y civilizados, y no dejarse caer en la desidia que acababa contaminando a la tropa. No soy, pues, de los que defienden la teoría que el hombre ha de oler a tabaco, a sudor, y, tal vez, a alguna cosa peor.
Magullado aún por la pelea y con jaqueca por la maldita pesadilla, acudí a la casa de don Alejo maldiciendo las prisas. Aquella no era la mejor mañana para mantener mis sentidos alerta.
Al llegar, Peralta, el mayordomo, me informó de una reunión con una dama extranjera, Lady Margaret Lytton-Hewit.
La observé con detalle desde la distancia. Era de talla varonil, frente altiva, mirada provocativa acentuada por sus largas pestañas doradas. El rostro parecía habituado a las influencias del sol y los vientos, sus lustrosos cabellos caían sobre unos hombros redondos y bien torneados. Vestía una chaquetilla entallada de cuero, habitual en los pilotos aéreos.
Había acudido a la llamada de Fermín Avellaneda, dueño de la Galería de los Mundos Lejanos, para colaborar en la recuperación de la estatua.
Con esa carta de presentación no podía resultarme simpática, por muy atractiva que resultara su figura.
 Allí estaba el marisabidillo, don Fermín, como si nada. Repartía reverencias afectadas. Me saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisilla inocente, como si olvidara que hacía bien poco medio le acusé de saber más de lo que confesaba sobre el robo. Menudo bazo tenía aquel sujeto.
Don Alejo departía con la dama, pues hablaba la lengua estropajosa de los anglicanos como un almirante de la armada británica. Yo, en cambio, tuve la escasa fortuna de que el marchante de arte se dirigiera hacia mí.
- ¡Ah! ¿Con que también usted aquí, querido señor Avellaneda? –pregunté con un deje de malicia-. ¿Sus intereses convergen con los nuestros… todavía?
- ¿Cómo está su querida esposa? –me espetó tal cual, ajeno a mis recelos.
- Yo no estoy casado –respondí con tono acerbo.
- ¡Qué inteligente! La mujer es culpable de todos los desvaríos del hombre.
- ¡Qué dice usted! Se referirá a las mujeres vulgares, sin pudor, insensibles –le desmentí-. Las nocturnas evas.
El fulgor de un pensamiento me iluminó. Aquel sujeto, experto en andarse por las ramas y desviar la atención de los asuntos principales, era un amante de la adulación. Así debía proceder con él con objeto de tirarle de la lengua.
- Una eminencia como usted, seguro mantiene tratos con la flor y nata de Granada –le dije con jubilosa entonación. Asintió con una enorme sonrisa de satisfacción-. Conocéis a don Arnaldo Ferreira, sin duda.
- Por supuesto –se ufanó-. Un caballero extraordinariamente refinado. Ha tenido el buen gusto de comprarme bienes muy exquisitos.
- Caros, querrá decir –apunté con tono mordaz-. ¿Por un casual no habrá mostrado interés por los mismos objetos exclusivos que nuestro anfitrión? –su rostro se demudó-. Vamos, hombre, estamos entre amigos –mostré una sonrisa más falsa que un duro sevillano, pero no menos deslumbrante-. Discúlpeme por ser tan directo, pero ¿tanto le molesta presumir de sus éxitos? Todo el mundo sabe el mucho dinero que mueve el caballero portugués. Resulta, por tanto, obvio que habéis cobrado una pieza de caza mayor. Le expreso mi mayor reconocimiento por vuestro éxito. La falsa modestia es un pecado tan grave como el orgullo desmedido –expuse con voz monjuna.
- Os confesaré, ya que parece ser vox pópuli, que es tal y como decís –pareció tomar aliento, como quien se apresta a confesar que ha sido agraciado con el gordo de la Navidad-. El caballero adquirió un rarísimo ejemplar del Necronomicón.
Alcé las cejas. El galerista, por fortuna, confundió mi ignorancia, pues por aquel entonces desconocía la importancia de aquel grimorio maldito, con una muestra de escepticismo.
- Auténtico. Lo garantizo al cien por cien. Escrito con sangre, las hojas son pergaminos confeccionados con tiras de piel humana –dijo con total firmeza y formalidad-. Se trata de una traducción al latín de Olaus Wormius que pude localizar, tras muchos desvelos, en Simancas. El sello de las guardas indica que fue editado en 1647 en Salamanca.
- ¿Y para qué podría querer un libro de tales características? –le miré con insolente curiosidad-. ¿Otro simple coleccionista de antigüedades? Lo dudo. Ese caballero puede ser muchas cosas, pero nunca simple.
- Eso pertenece a la esfera privada de mis clientes. No puedo desvelar nada más. Creo que ya he dicho demasiado –se quedó lívido. Por una vez debió darse cuenta que su vanidad le había jugado una mala pasada al aflojarle la lengua en demasía-. No es apropiado ser tan curioso, querido amigo.
- Esa excusa haría reír al espartano más recto. Por favor, no derroche saliva con nuevos pretextos. ¿Tiene claro de qué parte está? Porque yo no, y eso empieza a molestarme –al ver que abría la boca para protestar, alcé la mano demandándole silencio-. Seguro que en breve nos deleitará de nuevo con las flores de la lisonja, tan caras para usted. Flores que, como las rosas, tal vez escondan algunas espinas traidoras.
- El páramo de la verdad es desolador. Árido y sin fragancia –declaró con yerta indiferencia.
- Ya tenemos al poeta con su verbo florido –le solté con acento áspero, mientras el marchante de pedruscos partía raudo hacia el anfitrión, incapaz de sostener mi mirada de pocos amigos.
A proseguir con sus intrigas, pensé.
Si don Alejo pretendía que ésta fuera una operación discreta y rápida, sería difícil si cada vez se añadía más gente y tan poco fiable como el galerista. Me disgustaba el curso que estaban tomando los acontecimientos. Acostumbrado a la libertad de acción, temía que estas nuevas alianzas implicaran una falta de confianza del patrón hacia mi persona debido a los últimos percances.
Me acerqué al grupo. José Garza acudió al llamado de don Alejo. Con la participación de Avellaneda, que asentía en silencio como un profesor ante la lección bien aprendida por un discípulo, el mestizo ofrecía una descripción de la figura desaparecida.
- La estatua representa al dios Coatlipec. Su cabeza ha sido cortada. De su cuello degollado salen chorros de sangre que, convertidos en dos serpientes, se encuentran, como en un beso, formando una nueva cabeza. Sobre sus desnudos pechos aparece un collar hecho de corazones y manos cercenadas. Abajo, una falda de serpientes vivas y tejidas. Una de ellas le sirve de cinturón, y un cráneo hace las veces de hebilla. Hasta sus brazos y piernas se han convertido en víboras, cuyos colmillos ejercen de garras.
- En algunas ceremonias se le cubría con una piel, arrancada a un joven elegido –apostilló el galerista, incapaz de contener su lengua-. Fertilizado con la sangre del sacrificado, el dios concedía sus frutos.
Quise hacerme una imagen mental, pero fui incapaz de imaginarme como sería aquel engendro de piedra. Pero si aquello servía para curar a Leopoldo, lo encontraría al precio que fuera, aunque pensar en sacrificios humanos me resultara una idea repulsiva.
Al punto comprendí que aquella era una forma de pensar pacata. ¿Acaso no se producían en la guerra un sinfín de muertes innecesarias? ¿Muchos no conducen su vida como corderos camino del degolladero? Bien sabe Dios que no fueron pensamientos muy piadosos, aunque tampoco se alejaban tanto de la realidad.
- Ahora que estamos todos, permítanme presentarles a una dama de alta alcurnia que podrá ayudarnos decisivamente en la cruzada en la que estamos inmersos –anunció con pompa Avellaneda-. Posee, además de su lengua materna, el alemán, el francés, el italiano y, faltaría más, el español. Mujer valiente y ducha en geografía, ha viajado por todo el mundo en su propio dirigible. Reconocida buscadora de huevos de dragón en Mongolia, alumna de los lamas  en Shangri-La...
- No hace falta que se explaye más relatando mis méritos, mi querido don Fermín –atajó la británica al locuaz Avellaneda con un disciplente movimiento de mano-. Excelente este té con su nube de leche. Se nota que nos encontramos en un oasis de la civilización entre tanta barbarie –dirigió una sonrisa encantadora a nuestro anfitrión.
Aquella insinuación sobre que en Granada estaba entre bárbaros me soliviantó. No toleraba de buen grado que un extranjero, por muy miembro del género femenino que fuera, se atreviera a faltarnos al respeto en nuestra propia casa.
Una cosa era que los iberos denigráramos lo propio como deporte nacional; los más mordaces hablaban de una Españita bufa, de tapiz de Goya o sainete de don Ramón de la Cruz. Otra, tolerar lecciones de foráneos que no estaban en disposición de darnos ejemplo.
- Hoy en día las mujeres ejercen los oficios más extraños –no pude evitar mascullar. Había algo de Mefistófeles en su rostro de ángel tentador que me repelía… a la par que me hipnotizaba-. Además, una mujer ejerciendo una tarea propia de hombres. ¡Jamás había visto una cosa igual!
- ¿Es usted el señor Ventura?
- Más bien lo que queda de él –sabía que mi aspecto no era de estar fresco como una rosa debido a la pasada noche toledana-. ¿Me conoce?
- Claro, usted era el responsable de recoger la estatua –aquellas palabras se me clavaron en las entrañas como una espada. Todavía sorprendido, la dama prosiguió su implacable avance hacia mis posiciones-. ¿Sabe? Incluso están pensando en dejarnos ejercer el derecho de voto. Qué procacidad, ¿no le parece? –replicó con enorme sonrisa de lo más seductora-. ¿Por qué os extraña, si este país cuenta con Concepción Arenal, una destacada e ilustre defensora de los derechos de las mujeres?
- Una mujer debería adornarse de cualidades, como diríamos, menos viriles y tan propiamente femeninas como la dulzura, la sumisión, la prudencia...
- Supongo que podríais encontrarlas buscando en el lugar adecuado... dentro un convento o en una virgen de la Edad Media. Creo que le escandalizo un poco, ¿cierto? Puede que os sintáis más cómodo con mujeres algo más frágiles que yo, de esas que ven el mundo a través de las inanes páginas de “El Correo de la Moda”.
- Estoy acostumbrado a lidiar en todo tipo de plazas, señorita –contesté con tono frío.
Sabía que mi rostro adusto y poco agraciado no podía competir con la gracia de su perenne y arrebatadora sonrisa. Tocaba afilar el ingenio para enfrentarme a aquella sufragista lenguaraz, que volvió a interrumpirme.
- No me gustaría perturbaros, querido amigo –insistió, como si me tomara por un babieca.
- Perded cuidado, milady. ¿Es usted una aventurera? –en realidad pensé en la palabra mercenaria, mas tampoco quería resultar tan brusco: sonaría demasiado a burla adjudicarla una tarea tan lejos de su condición femenina-. No entiendo porqué la ha contratado el señor Avellaneda –si las miradas mataran la mía le habría fulminado en aquel momento- ni cuál es su interés en el asunto, más allá de una cuestión puramente crematística.
Todos me observaron, un tanto escandalizados por mi cruda franqueza.
- La intuición de una mujer puede ser más valiosa que el más minucioso proceso analítico -afirmó don Fermín, quien como promotor de la dama estaba dispuesto a defenderla a capa y espada-. Y su experiencia en recuperación de objetos de artes nos será de inestimable ayuda.
- ¿Recuperación, dice? –solté una ruidosa carcajada-. No dulcifique lo sucedido, haga el favor.
- Tengo un interés personal en este asunto –justificó la inglesa-. Creo que esa estatua servirá para curar a mi madre. La herencia familiar está en juego. Si ella no se recupera pasará todo a mi hermano... y yo me quedaré sin nada, o con la renta anual que él tenga a bien concederme. Tengo una aeronave propia, proyectos personales. Una mujer necesita fondos para mantener su independencia. Mi natural interés en el caso está más que justificado.
Los presentes parecían impresionados por su determinación y presencia. En cambio, yo no me fiaba, y menos de una hija de la soberbia Albión. Confiaba tanto en la bondad de esa mujer como en la del beso de un escorpión.
- ¡Independencia, decís! ¡Otra de esas nocivas modas modernas y extranjerizantes! –exclamé con indisimulado escepticismo-. Además, ¿una bella damisela será capaz de arrostrar todo tipo de peligros para alcanzar el éxito en esta titánica misión, en la que apenas contamos con pistas? ¿Cuenta usted con las cualidades de las legendarias amazonas? –dudaba y quería que los demás compartieran esas dudas-. Mujer y con la pragmática sangre inglesa corriendo por sus venas... –remaché el clavo de la desconfianza.
- Os garantizo que nunca estaré un paso por detrás de usted. Más al contrario, tal vez sea al revés. He vertido más sangre, inglesa, española y de otros nacionalidades, que posiblemente la vuestra esté aguada en comparación.
- Me hacéis reír, señora –apreté los puños ante aquel nada velado insulto. Al punto aflojé la mano izquierda, enmascarada con un guante: podía romper sin querer los dedos mecánicos al no sentir dolor que me previniera del exceso de fuerza-. El sufrimiento, el valor y la constancia jamás abandonan al soldado español, cualquiera que sea la causa que defienda –dije con orgullo-. Mi sangre española arde tanto en el África como en el glacial Polo. Y la que yo vertí fue en el campo de batalla, no en un salón de esgrima.
- Por cierto, ¿usted se dedica al boxeo? Parece que os ciega el coraje –casi me rozó con un dedo enguantado un verdugón de la mejilla.
Su mirada era la de una consumada apostante valorando si valía la pena o no arriesgar unas monedas en un caballo desconocido o de pedigrí dudoso.
- Practico el pugilato de forma ocasional. No soy un boxeador de paso atrás. No tengo horchata de chufas en las venas, la lava hierve en ellas. Mi aspecto destartalado lo debo a una caída con un motociclo –mentí por no admitir ante ella y todos los demás mi derrota de anoche-. Ya sabe, son estos nuevos artefactos de dos ruedas con un equilibrio inconstante. Lo mío son las cuatro ruedas, un vehículo bien asentado en tierra firme.
- ¿No seréis un jugador de ventaja? –miró de forma sibilina a mi mano enguantada. Aquella mujer estaba demasiado bien informada-. Pues yo prefiero volar, moverme por las alturas. En esto tampoco coincidimos –sonrió.
Bajo esa deliciosa sonrisa me pareció atisbar las gélidas cumbres de Sierra Morena.
La miré sin recatarme, como si estuviera loca.
- Sería conveniente que tuvierais cierto respeto por el peligro y no asumierais riesgos propios de varones. Sois mujer y deberíais comportaros como tal.
El resto de los presentes contemplaba nuestro duelo dialéctico con muda estupefacción.
- Tales riesgos, como usted los llama, son también un placer. Un placer que concede interés a mi vida. ¿Por qué le sorprende? –parecía henchirse como un pavo real-. ¿Y conveniente para quién, señor? Si yo fuera hombre no tendría miedo de nada... como no lo tengo siendo mujer. No me doblego ante nadie. Eso sería vergonzoso.
- Pero benéfico para vuestra salud. No atino a comprender cómo vuestro marido –ella negó con la cabeza-, vuestro prometido, ¿o tampoco?, vaya, no me extraña, estaría encantado de llevar enaguas mientras usted se pone los pantalones –me burlé con tono sarcástico.
- ¿Acaso las mujeres no pueden educar a sus maridos, no pueden elevarse por encima de ellos, llegado el caso?
- ¿Elevarse en dirigible, como usted? Eso en nada honra al esposo y humilla a la esposa. Esa conducta es perjudicial para ambos. Y el lugar de una dama es el hogar, no pretendiendo usurpar un lugar que no le es propio. Al menos eso es así en España, donde todavía impera la decencia. Tal vez en las islas de Albión, debido a su confesión cismática, sea costumbre el comportamiento licencioso de la mujer –ahora era mi turno para insultar.
- Siempre me ha parecido la ingratitud el defecto más pernicioso en un caballero –concluyó de forma cortante.
- Yo tengo de caballero lo mismo que usted de dulce damisela.
- ¡Imperdonable! –protestó con voz melindrosa Avellaneda-. ¡Basta ya, señor mío! Este ultraje ha llegado demasiado lejos. Don Alejo, ya sabe cómo es su empleado. Por cualquier motivo se desboca como los hunos y le denigra en público al faltar al respeto de forma flagrante a esta dama en su casa. Ante omnia, ella ha venido a ayudarnos. Con esa actitud desdeñosa y poco colaborativa jamás conseguiremos nuestros objetivos.
- ¡Por favor! Haya paz –demandó don Alejo, alzando las manos con ánimo apaciguador-. ¿Será necesario recordar que todos estamos en el mismo barco? Las disensiones entre nosotros solo benefician a nuestros enemigos.
- Que Dios nos guarde de ciertos amigos, que yo ya me ocuparé de nuestros enemigos –no soy de los que sabe callarse a tiempo, lo admito.
- ¡Ventura, basta ya! –insistió el patrón con voz inflexible-. No te comportes como Belerofonte. La señorita decide por sí misma. Y ha elegido formar parte de nuestra empresa.
Me envaré ante la advertencia de mi jefe. Era la primera vez que veía enfadarse en público a don Alejo. Recordé entonces su discurso sobre la necesidad de hacer lo que fuera necesario por el bien de Leopoldo.
Ahogué una replica cuando salía por la punta de la lengua. Por una vez la Prudencia me iluminó, pues en aquellos momentos tenía la luz de la razón casi apagada, la mente entre tinieblas, a causa de mi carácter levantisco. Al corregirme en público mi patrón, había quedado a la altura del betún. No valía la pena insistir y descender hasta la categoría de tonto de capirote.
Advertí, con cierto pesar, que el malo y escaso descanso nocturno, añadido al dolor que aún sentía por la paliza encajada, no había ayudado en nada a mejorar mi natural mal humor.
Un profundo suspiro me escapó del pecho, tras ese amargo trago de acíbar bebido sin titubear del cáliz del sacrificio.
- Usted manda –cedí en tono neutro-. Señorita, le pido disculpas si mis palabras han podido ofenderla –la aludida inclinó levemente la cabeza a modo de asentimiento-. Me he dejado llevar por una inmoderada pasión.
- Creo en la sinceridad de su arrepentimiento. No esperaba otra cosa de usted, querido –aceptó la inglesa.

Capítulo XI.- Pesadillas del pasado


 
 A
l llegar a la pensión, Garza me ayudó a limpiarme las heridas y partió en cuanto me dejé caer exhausto sobre el jergón. Mientras que para el común de los mortales lo anterior implicaría el inicio de un reparador descanso, no siempre resultaba así en mi caso.
Tuve una pesadilla, la de casi siempre. Rememoraba la emboscada que sufrimos en la otra punta del mundo y motivó el estado actual de Leopoldo. Cuando me asaltaban esos malos sueños, hasta el más mullido lecho parecía cubierto de erizadas espinas. Prefería el dolor de la golpiza de los matones de Ferreira al de esa alucinación del pasado.
No hay castigo peor que revivir lo que más deseas olvidar. Por desgracia, no podía elegir, atrapado por ese sueño de forma tan inexorable como Prometeo fue encadenado por Zeus.
Relegaría su recuerdo al más profundo de los olvidos, aunque conviene que el lector conozca algunos pormenores, pues conociendo lo que sucedió en el pasado entenderá mejor algunas circunstancias del presente relato.
En el archipiélago de las Carolinas las cosas estaban tranquilas. La segunda compañía del regimiento de infantería Legazpi nº 68, la nuestra, se bastaba para ello. Al menos sobre la superficie.
Pero llegaban rumores de las Islas Marianas. Para nuestros compañeros del regimiento Magallanes nº 70 las cosas no eran tan plácidas. Comerciantes y balleneros procedentes de allí contaban que las cosas no marchaban como debieran. El ambiente con los nativos poco a poco se enrarecía. Los reyezuelos locales no se avenían a razones con nuestros emisarios.
Sospechábamos de influencias externas. En nuestras patrullas a veces avistábamos, demasiado cerca para nuestro gusto, buques estadounidenses y alemanes. La nueva potencia germana pretendía proteger a todos sus súbditos a toda costa desde la unificación de los estados alemanes.
Aunque esos malditos alemanes y los yankees habían reconocido la soberanía española sobre aquellas tierras, seguían intrigando en la sombra.
A pesar de que ya se había aposentado la convicción de la inexistencia del continente hundido tan buscado, Terra Australis, las grandes potencias seguían jugando a su particular ajedrez en el lejano Pacífico.
La pluralidad de islas facilitaba la implantación de bases de aprovisionamiento para los vapores o para la instalación de cables telegráficos submarinos. Además, la población era poca, el terreno resultaba pobre, y los intereses comerciales escasos.
A despecho del ridículo valor estratégico y económico de la región, las potencias no estaban dispuestas a ceder ni un palmo, y el equilibrio y la paz pendían de un hilo. Todo por mantener el prestigio internacional. Tal era la vanidad del común de los gobernantes.
Recordé el discurso del Capitán General en Manila, todos formados en el patio de armas, antes de embarcar en el crucero de segunda clase “Velasco” con el fin de afirmar nuestra soberanía en aquellos archipiélagos ante las instigaciones de terceros países: “El Dios de los Ejércitos bendecirá nuestras armas, y el valor de nuestros soldados y nuestra Armada harán ver a nuestros enemigos que no se puede insultar impunemente a la nación española sin que busquemos la más cumplida satisfacción”.
El padre Maldonado, el misionero de nuestra expedición, como parte del personal civilizador, tenía más problemas con los malditos misioneros protestantes norteamericanos que con los propios naturales, quienes asociaban magia y religión.
Todo eran contrariedades con aquellos intrigantes herejes, que decían estar al servicio de Dios, y más bien parecían estarlo al del presidente de los Estados Unidos, pues soliviantaban a los nativos en nuestra contra desde que se hizo efectiva la ocupación española.
Guam. Aquella maldita isla, casi un islote... tan lejos de Filipinas, tan alejada de España, incluso remota para el mismísimo Dios. Posiblemente, y a pesar nuestro, donde más falta hacíamos en ese momento.
Un fatídico día recibimos un cable del Teniente-Gobernador de las Islas Marianas. Había estallado la revuelta. Estaban sitiados. Nos pedían ayuda. Leopoldo ordenó telegrafiar a la Capitanía General de Filipinas solicitando refuerzos.
- ¿No lo habrán hecho ellos? -le pregunté con recelo.
- Tal vez lo hicieran o tal vez los enemigos les cortaron las comunicaciones. No podemos arriesgarnos.
- El nuestro será un sacrificio estéril -le advertí.
Modestamente, creo que no era ningún cobarde, mas no era plato de gusto meterse con los ojos cerrados en la boca del lobo.
- No pueden esperar. Cuando llegasen las tropas de Filipinas, probablemente todos habrían muerto ya. Debemos ir en su rescate.
A los jóvenes oficiales con buen apellido les costaba encontrar el camino hacia el frente. En cambio, Leopoldo nunca rehuyó el peligro.
Menos el telegrafista y una escuadra al mando de un cabo, Leopoldo ordenó que todos embarcáramos en un viejo cañonero adaptado como transporte militar. Partimos hacia Guam.
Al desembarcar en el puerto de Apra caímos en una emboscada. Se abalanzaron sobre nosotros como una inesperada granizada de verano.
Al padre Maldonado, que insistió en acompañarnos por si podía dialogar con los rebeldes, le concedieron el mismo recibimiento que a los demás. Leopoldo fue herido por un dardo que luego descubriríamos que estaba envenenado, nunca supimos con qué sustancia.
Conseguimos llegar a sangre y fuego hasta la fortificación, en medio de una lluvia de flechas, piedras y maldiciones.
El almacén del fortín estaba destruido, otro sabotaje. De la guarnición, ni rastro. Solo contábamos con las limitadas provisiones y la munición que habíamos traído con nosotros. Éramos una avanzadilla expedicionaria, no un cuerpo de ocupación. Aquello no pintaba nada bien.
Nos superaban en número, sí, en una proporción de veinte a uno, pero nos asaltaban con la simple fuerza bruta de la cantidad, sin orden ni concierto. Las descargas cerradas de nuestros fusiles Mauser causaban grandes bajas entre aquellos salvajes. Podíamos esperar la arribada de los refuerzos de Filipinas de haber contado con más suministros. Pero no tardaríamos en agotarlos.
Dicen que quien se bate por su independencia es más bravo que quien se alquila para defender la tiranía. Según se sabría más tarde, en su ignorancia los nativos actuaban espoleados por agentes externos que nos acusaban de introducir las enfermedades que los diezmaban, y les abastecían sobradamente de alcohol, regalándoles los oídos con falsas promesas de libertad y la expulsión de nuestra nociva influencia occidental.
Guerreaban aquellos morenos con la ferocidad de los demonios del averno. Luchábamos sin cuartel, los prisioneros se arrojaban degollados al río tal como hacían ellos, para que los insurrectos fueran conscientes de nuestra determinación. Entre ellos y nosotros ya no quedaba el menor resquicio para la misericordia.
Sus emboscadas eran temibles, no nos arriesgábamos a salir del fortín por comida. No solían usar armas de fuego, mas sus flechas envenenadas y sus sables eran igualmente dañinos y mortales.
Sería ingrato no reseñar semejante valentía por parte de los nativos al servicio de nuestro glorioso ejército. Formaban la mayor parte de nuestra tropa, no lo olvidemos, y se batían con heroico denuedo.
La situación se tornó desesperada. A pesar de las matanzas que les causábamos, siempre contaban con nuevas fuerzas, no sé si llegadas del interior de las selvas o de otras islas. La ametralladora que nos habíamos traído del barco quedó inutilizada por el constante uso y el calor.
Como si intuyeran nuestra difícil situación, un día, de forma inesperada, dejaron de acosarnos. Tal vez pretendían rendirnos por inanición.
La selva circundante había enmudecido. Salí a explorar con una patrulla. Entre aquellos árboles colosales y la maleza intransitable, solo se oía el dulce murmullo de la brisa entre las pobladas ramas. Tuve la sensación de pisar la espesa hierba donde jamás puso antes el pie el hombre blanco. Parecía que a los chamorros se los hubiera tragado la tierra.
Al volver, exploramos el poblado. Abandonado también. Apenas conseguimos un poco de arroz para alimentarnos y llenamos las cantimploras. Se lo habían llevado todo. Los malditos habían incendiado nuestro transporte en el ancladero, ahora varado como una ballena moribunda.
En aquellas tierras lejanas, la noche tenía un algo de pavoroso que aumentaba el miedo de los cobardes. Y el miedo se transmite a la velocidad del fluido eléctrico. O nos mataba el enemigo, o moríamos de hambre y sed, o la locura plantaba la semilla de la destrucción en nuestras enfebrecidas mentes.
La herida de Leopoldo se infectó. Me vi obligado a tomar el mando. Sabía que por poco tiempo. El fin se acercaba.
Tal como se habían marchado, los nativos regresaron. Un día volvieron a resonar sus tambores batientes.
A pesar de nuestras escasas fuerzas, no habíamos permanecido ociosos en su ausencia. Cavamos un foso en torno a las murallas de adobe. Lo rellenamos de alquitrán y combustible, pues ignorando los salvajes su utilidad no lo habían rapiñado, cubriendo el mejunje negruzco con hojas de palmera. 
Apuntando a la entrada, colocamos la única pieza de artillería con la que contábamos. La cebamos, agotada ya su munición, con todo elemento metálico y puntiagudo que conseguimos recoger.
No resistiríamos un asalto masivo, lo sabía. No podíamos defender el perímetro completo. Teníamos que hacerles atacar por donde mejor nos conviniera a nosotros. Ideé una estrategia desesperada. La idea, en verdad, fue gracias a la preocupación del padre por los elementos sagrados que quedaban en la misión extramuros.
No nos aseguraba nada, cierto, pero tampoco podíamos perder mucho.
Daba por descontado que no íbamos a salir de esta a no ser que llegaran los refuerzos de Manila de forma inmediata.
Consulté la maniobra con Leopoldo. A duras penas consiguió incorporarse, consumido por la calentura del veneno.
- Haremos una salida hasta la misión, el padre Maldonado a la cabeza. Les desconcertará –los salvajes tenían la curiosa idea de que matar a un chamán, y el padre era nuestro equivalente al suyo, acarreaba terribles maldiciones para el responsable-. Son doscientos metros. El tiempo justo para recoger el cáliz y retrocedemos de vuelta. Despacio, para que se envalentonen y nos persigan todos hasta la entrada, donde el cañón les dispensará el recibimiento que se merecen. Nos llevaremos por delante a todos los que podamos antes de morir.
- Os dirigís hacia el infierno –esa advertencia con un hilo de voz de Leopoldo permanecía grabada en mi mente, como la metralla me había dejado cicatrices en la piel.
Le sonreí con una falsa mueca de seguridad. Una sonrisa producto más bien de la locura de la guerra.
- Cuando lleguemos al infierno, seguiremos marchando. Mañana estaremos todos muertos. Prefiero ser yo quien decida cómo irme de este mundo. Ahora toca repartir bendiciones entre esos malditos. ¡Calen bayonetas! –ordené con la voz ronca por culpa de la sed a la diezmada tropa.
El toque de generala todavía me perforaba los tímpanos. A continuación sonó el toque a oración justo antes de la última carga. Nos arrodillamos mientras el padre Maldonado nos absolvía de nuestros pecados y repartía las postreras bendiciones y los últimos sacramentos. Aunque no fuera muy cristiano, juramos por lo más sagrado vengar a nuestros muertos.
El clarín nos hizo hervir la sangre en las venas, enardecidos por el espíritu de venganza y el ardor militar, mas no aturdió los oídos del enemigo como las trompetas de Gedeón espantaron y vencieron a los Madianitas. Solo contábamos con nuestro propio arrojo.
Dejamos la empalizada erizada de antorchas a nuestras espaldas. El padre, portando el crucifijo delante de él como un escudo, abría la marcha a paso ligero en fila de a dos.
Aquella bravata desesperada sorprendió al enemigo.
Oíamos sus insultos, pero no reaccionaron. Llegamos a la iglesia. Los chamorros poco a poco fueron abandonando la seguridad de la espesura.
- ¡Rápido, padre! No tenemos más tiempo.
Salió del templo con el cáliz en una mano y el crucifijo en alto en la otra.
- En dos filas. Retrocederemos en orden. Cuando la primera fila, de rodillas, dispare, retrocede detrás de la otra y recarga, mientras la segunda dispara, y así sucesivamente hasta llegar al fuerte. ¡Ánimo, estamos a un tiro de piedra!
Calculaba que nos quedaban unas seis balas por hombre, lo justo para llegar a medio camino entre la misión y el fortín.
Los salvajes habían perdido el miedo. Se mostraban fieros con sus caras y cuerpos embadurnados con pinturas rituales de guerra. Nos apuntaban con sus arcos y sus hondas. Avanzaban lentamente hacia nosotros, a la expectativa.
Los que sabían español nos amenazaban a gritos con rebanarnos la cabeza como una sandía con las hojas de sus machetes. Había llegado la hora de la verdad.
Siempre recordaré aquel grito, hijo de la rabia, como si hubiera sido otro el que lo lanzara, mas fui yo, en un desesperado intento de infundir ánimos a nuestras menguadas fuerzas.
- ¡Venid, salvajes! ¡Mi sable quiere mediros las costillas! –me giré hacia mis hombres-. ¡Fuego la primera línea! ¡Preparada la segunda!
Se desató el infierno. Ante aquel asalto, que parecía el último y definitivo, sentí que un frío mortal circulaba por mis venas.
Agotada la munición, solo quedaba defenderse a culatazos, con las bayonetas y con los sables. Y, llegado el caso, con uñas y dientes.
La entrada al fortín se nos ofrecía cercana.
- ¡Retirada! Trompeta, ¡toca retirada!
Huimos en desbandada para atraerles hacia el campo de acción de la pieza de artillería, trabada entre los escombros de parte de la muralla usados a modo de parapeto.
Unos pasos antes de alcanzar la puerta, me detuve para desafiar a la turba de salvajes, permitiendo así que nuestros rezagados se pusieran a salvo de la próxima descarga del cañón.
Al primero le desnorté al impactarle mi pistola, inservible a falta de balas, en toda la cara. A los demás les enfrenté a sablazos. Parecía poseído por una fuerza y una determinación demoniacos. No se lo esperaban, y se arremolinaban en torno a mí, cayendo como moscas.
Finalmente un garrotazo me impactó en la nuca. Caí de rodillas. Con la visión todavía borrosa, alcé el sable. Vi una sombra a mi izquierda, acompañada del reflejo metálico de la hoja curvada de un yagatán. Levanté el brazo izquierdo para parar el golpe que suponía estaba por llegar. Sentí un estallido de dolor en la mano y me derrumbé.
Sabiendo que el jefe enemigo había caído, los nativos aullaron ebrios de odio, atisbando la victoria al alcance de sus sucias manos. Se lanzaron como posesos hacia la entrada franqueada.
Medio desmayado, cubierto de mi sangre y de los chamorros que yacían a mi alrededor, sonreí.
Imaginaba el chisporroteo de la llama, cuando...
Oyóse una espantosa detonación. El rugido de los asaltantes se trocó en un aullido de dolor cuando la carga de metralla impactó en ellos.
El cielo se oscureció momentáneamente por una nube de humo y polvo. Al mismo tiempo, la cuerda que unía todas las antorchas debía soltarse y dejar caer las teas sobre la mezcla explosiva del foso. Sentí el calor de las llamaradas y alcancé a oír su crepitar antes de desmayarme, mezclado con los gritos de los que pretendían escalar la empalizada, convertidos en antorchas humanas.
No relataré aquí la dantesca matanza que produjo en los rebeldes. De igual manera, el precio que nos tocó pagar fue excesivo. El ruido pronto enmudeció.
Fue tal la escabechina que les causamos que los supervivientes se batieron en retirada. Nunca regresaron.
Aquel aciago día volví a defraudar a la Muerte. Después, reflexionando sobre lo sucedido, he llegado a la conclusión de que, más bien, la Muerte me repudió. Pensaría que vivo prestaba un mejor servicio a sus macabros intereses.
Poco recuerdo de los días posteriores, más allá de los cuidados que nos dispensó el padre Maldonado a los que sobrevivimos a aquel apocalíptico infierno, hasta que llegaron un crucero y una corbeta desde Filipinas.
Por fin desperté sobresaltado de aquel delirio, con los labios secos y abrasados por la fiebre. La cabeza me ardía, el corazón palpitaba desatado.
Noté como las lágrimas se me abismaban por las mejillas. Las pesadillas me atosigaban de vez en cuando. El sueño era la imagen de la muerte.
A veces deseaba que aquel día aciago hubiera sido el último para mí. Aquel infortunio había desbaratado todos mis planes. Entonces me sentía el más desgraciado de los hombres. Pero por poco tiempo: si algo había aprendido de todo aquello es que lamerse las heridas no sirve para nada.
Me acaricié el muñón instintivamente. Todavía notaba los dedos mutilados, pero de repente me asaltó un dolor, más que físico producto de la desesperación por lo que aquella pérdida implicó en su momento.