or fin reapareció José
Garza, el mestizo, en casa de don Alejo. Esperaba que sus indagaciones hubieran
rendido frutos. Se introdujo en los círculos de americanos residentes en la
ciudad, también en los de seguidores de ritos antiguos, ocultos o foráneos. En
vano, según confesó con disgusto. Estábamos dando palos de ciego.
Le
pregunté por Coatlipec. Si lo había descrito, a fuerza debía conocer los auténticos
poderes de aquel dios prehispánico. Me fiaba más de sus explicaciones que de la
grandilocuencia de Avellaneda.
- Se
desuella a los inmolados. Alimentando con sangre al dios, éste da vida a la
tierra, concede deseos. Eso debe saberlo don Alejo. Nos financió y dio las pistas
para rescatar la estatua de quienes la habían expoliado a nuestros antepasados.
Un acto de justicia para mi pueblo. En agradecimiento, unos chamanes aztecas
usarían sus poderes para intentar curar a don Leopoldo. Pero necesitan el poder
de la estatua para que sus conjuros surtan efecto.
Me
sorprendía sobremanera que el patrón se mostrara predispuesto a sacrificar una
vida humana, aunque si se trataba de salvar a Leopoldo tal vez hubiera relajado
sus rígidos principios, no le encontraba otra explicación. Así se lo expuse a
Garza, quien me tranquilizó.
- Hoy en
día se sacrifican animales. Solo se recurre al sacrificio humano cuando se
cuenta con algún condenado a muerte.
Prosiguió
con el relato de sus pesquisas, que no resultaron gratuitas. Sospechaba que le
seguían y tomaba todo tipo de precauciones. No quería acabar asesinado como su
hermano. Todavía no he conocido a nadie a quien esa perspectiva le resultara
agradable.
Me
extrañó que se moviera en el sillón como si una compañía de hormigas le
recorriera el cuerpo.
- ¿Os
encontráis indispuesto?
- ¡Bah!
Un pequeño alfilerazo.
- ¿Un
alfilerazo? –le miré al soslayo.
- Sí,
aquí –se señaló el pecho-. Penetró media pulgada, y no se atrevió a interesar
las entrañas.
-
Comprendo. Como a mí, no os gusta mostrar vuestras debilidades. ¿Picadura de navaja,
sable, puñal?
- Eso primero
fue. No les gustaron mis preguntas, me temo –me dirigió una mirada dolorida,
pero aquella era más una pena del espíritu, no física-. Tal vez seamos víctimas
de una maldición. Robamos la estatua.
- Por una
buena causa –justifiqué de inmediato.
- Sí. Por
partida doble, además. Mas nadie sabe cuáles pueden ser los designios de los
dioses antiguos, tan cambiantes y volubles como nuestro propio humor... –como
eso no admitía discusión, asentí en silencio.
- Los
malditos serán los rufianes que se han interpuesto en nuestro camino cuando les
pongamos las manos encima. No lo dude.
- La
sangre de mi sangre exige venganza. Mi hermano no descansará en paz hasta que
se haya hecho justicia. Mejor por mi mano que por la ley –al pronto sus ojos
mostraron una expresión esperanzada, como si acabara de recordar algo vital-.
Mire, tuve la prevención de tomar una impresión fotográfica ampliada de sus
retinas, justo después de encontrar su cuerpo. Acabo de recibirla por correo de
Cádiz –me mostró un sobre de tamaño medio-. Lo último que vio fue a su asesino.
Me la
alcanzó. Entonces fui yo quien se removió en el canapé como un culo de mal
asiento. Me puse de pie, incapaz de contenerme.
- ¡Es Valdivia,
el matón al servicio del portugués! ¡Lo sabía! –bramé-. Sabía que de alguna
manera esa gentuza estaba implicada.
Recordé
entonces lo oído en el fumadero de opio: su patrón le había pedido llevar una
talla a cierto lugar que, terrible desgracia, no pude escuchar cuál era. ¡La
estatua, sin duda!
Los
gritos dados en aquel estado de excitación ante tan reveladora pista, atrajeron
la atención de Herr Emmanuel Planck, el
científico contratado por don Alejo, un hombre enjuto con barbita de chivo y
anteojos dorados.
Acababa
de bajar de la habitación de Alejo con gesto circunspecto. Decía que con sus
aparatosos instrumentos eléctricos, que había estado calibrando, intentaría
estimular la actividad cerebral del enfermo. Ya se sabe que los germánicos
suelen ser tan misteriosos como los espectros de sus baladas.
Al
conocer sus planes comprendí, con desaliento, que todavía no contábamos con un
antídoto para el mal de Leopoldo. Mi alegría se aplacó de inmediato.
-¿Me
perrmite? –adelantó una mano.
Agarraba
la imagen como si acabara de recibir el Santo Grial. Viéndole a la espera, con
la mano en el aire, aflojé mi presa y se la entregué. Poco daño podía causarnos
sus opiniones.
- Interresante.
¿Están ustedes familiarrisados con los estudios de mícer Lombroso? Fíjense en la
estructurra craneal, caballerros. ¡Sí, esa asimetría! ¿La ven? –clamó con su
fuerte acento alemán, señalando a lo que parecía ser la coronilla-. Vean la morrfología
de la carra -la resiguió con el índice-. Fíjense en los arrcos supersiliarres.
Creo que entre los volúmenes que me acompañan está la “Physiognomonica”, de Arristóteles.
¿Tal ves la hayan leído?
- Pues ahora
mismo no lo recuerdo –solté veloz por no admitir mi ignorancia.
- Sabrán
ustedes que hay siertos carracteres de nuestros rostros que llevan en ellos imprresa
la naturalesa de nuestras almas, en los cuales se puede leerr como en un librro
abierrto.
- ¿Y qué
le dice este libro en cuestión? –señalé con la barbilla hacia la fotografía.
- Una
fisonomía repleta de líneas bien poco regulares. Otra prueba de la relasión
existente entre el interrior y el exterrior de un individuo. Sin duda, un
hombre predestinado hasia el crimen. Alguien incapasitado para acatarr las
normas de una sosiedad honrrada y cabal.
- No
puedo por menos que darle en todo la razón –convine con la mayor seriedad.
- Ningún
hombre nace malvado –terció Garza de forma inesperada-. Todo lo contrario. Los
hombres son básicamente buenos. Solo la sociedad y las circunstancias los
tornan malvados.
- Toda
perrsonalidad humana puede dividirrse en varrias fasetas –el germano lanzó una
mirada cargada de ojeriza al americano.
- Vuestras
ideas son más peligrosas que las del doctor Freud de Viena –insistió mi
compañero.
- ¡Bah! –el
doctor ahogó un bostezo despreciativo-. La esensia de la sivilisasión es la restricsión
de los apetitos humanos.
- ¿En
qué se diferencia vuestro método para curar al señorito de la magia? –expuso
Garza. Seguro que confiaba más en los métodos de sus chamanes, supuse, aunque
me abstuve de hacer el comentario en voz alta.
El
científico se subió los anteojos con el índice, y nos observó como a alumnos
noveles.
- Todo
lo que no se entiende parrese mágico... hasta que se comprrende y se domina.
- Puede
ser. Hace unas décadas nuestra Inquisición le hubiera dispensado un tratamiento
especial por brujo. Incluso hoy en
día, aunque esos venerables padres de la Iglesia no lo entiendan, según usted, en
caso de no utilizar ciertos poderes en su beneficio.
- No
imporrta lo que esa gente crrea, sino que yo lo entienda todo, señorres. Para
eso soy Herr Doktor en Medisina,
Física y Leyes –anunció con tono arrogante-. Háganme caso. Detengan a ese
sujeto. Prresto. Parra los crriminales natos adultos no caben muchos remedios:
o se les aparrta parra siempre, en el caso de los incorregibles, o bien se les elimina
cuando su incorregibilidad los torrna demasiado peligrrosos.
- En esa
tarea ya nos afanamos. Nada me producirá más placer que detenerle, créame.
- Bien.
Esperro que tengan la bondad de mantenerrme inforrmado al respecto. Interrés prrofesional
–inclinó mecánicamente la cabeza y volvió a sus quehaceres en el sótano.
- Yo
también me retiro –anunció Garza-. Debo reunirme con algunos de los míos.
También
me disponía a salir cuando, de forma inesperada, se presentó cuellierguido y
con aire altivo don Arturo Francisco María Falcón Núñez de Osorio, conde de
Esteruelas, padre de Alicia, la prometida de Leopoldo. Mucha prosapia para unas
rentas más bien escasas. Un enlace ventajoso, pues, entre unos nobles venidos a
menos y un apellido que compensaba su falta de abolengo con unas nutridas arcas,
pensé.
Venía a
saber si las buenas nuevas que anuncié a su hija eran ciertas.
- El
señorito necesita reposo absoluto –Peralta fue cómplice de mi engaño-. Nadie,
excepto el señor y el médico pueden visitarlo.
- Exijo
una respuesta. No me moveré de aquí hasta saber del cierto qué es lo que está
pasando.
Al no
estar don Alejo y Peralta negarse a ofrecerle información y a dejarle subir a
las habitaciones de Leopoldo para ver cómo se encontraba, me vi obligado a
aparecer en escena ante las exigencias de aquel caballero, de una fisonomía tan
poco expresiva como la de un cadáver.
-
¿Estará usted contento con la hazaña de ayer? –exclamó en cuanto me vio entrar.
- Soy
hombre que raras veces experimenta satisfacción ni disgusto con nada –fingí una
sangre fría que distaba mucho de poseer en ese momento.
- ¡La
vuestra ha sido una infamia en toda regla!
- No
dramatice, hágame el favor. Y cuidad vuestras palabras, porque mi sangre se
calienta cuando se me falta al respeto.
- ¡Ah!
Me parece que usted tiene que explicar muchas cosas, señor mío –el conde de Esteruelas
sacaba pecho como si llevara colgando la orden de comendador de Montesa. Era el
típico que pretendía ser el águila que lucía en su escudo de armas y en
realidad volaba como un triste cuervo.
- ¿Solo
yo? Bien, empecemos, pues. Dios me perdone y no me castigue duramente por
mentir en un tema tan grave, pero lo hice -los ojos del señor Falcón centelleaban
con desprecio enconado-. Déjeme terminar. Mentí, y lo volvería a hacer... para
rescatar a su hija de las garras libidinosas de aquel infame portugués.
- ¡Por
los clavos de Cristo! Tamaña bellaquería no puede quedar sin respuesta - me miró con
renovada furia, como un jabalí acosado.
-
Entiendo que se refiere a la bellaquería del portugués, ¿verdad? ¿O no se ha
indignado al saber que ella se encontró con un hombre, uno que no era su
prometido? ¿Sabía, además, que estaban a solas? Le tenía por alguien puntilloso
en cuestiones de honra, en particular cuando se trata de la propia -el otro se
enfureció-. ¿Acaso quiere vender a su hija cual si fuera una ramera babilónica?
–le azucé sin piedad.
- ¡Tiene
la lengua y toda la boca podridas! -Arturo Falcón explotó-. ¿Quién osará
sostener esa insidia?
- Inútil
es preguntarlo. Todos y ninguno. Deducir el resultado de los hechos recién
expuestos resulta tan claro como que dos y dos suman cuatro.
Levantó
la mano, en un amago de soltarme un puñetazo o una bofetada. Permanecí inmóvil,
a la espera. Al final se contuvo.
Yo no
habría aguantado con esa cobarde resignación, pensé con desprecio.
- Mancháis
con una sospecha infundada la inmaculada pureza de su honor. ¡Me dais asco!
¿Quién os creéis que sois para juzgarme, para juzgarnos? Un don nadie salido
del arroyo, apenas un empleaducho. Un vulgar matón a sueldo, a tenor de lo que
se dice por ahí –alzó la barbilla desdeñosamente hacia mí.
Por muy
caballero que fuera no permitiría que siguiera faltándome. Me ofusqué, lo
admito.
Le
agarré de las solapas de la chaqueta de lino, típica de los indianos, y le
arrinconé contra la pared.
- ¡Qué
obcecación, Dios de Israel! –repliqué con asco-. No soy un felpudo al que
pisotear. O encierra de una vez esa lengua tan suelta que tiene o se la corto.
Por su propio interés, más le vale escucharme. El enemigo no soy yo… todavía
–siseé como una serpiente a punto de saltar-. ¿Quién en su sano juicio querría
casarse con una dama deshonrada, soportar la befa y el escarnio de la sociedad?
Para un hombre de honor no es plato de gusto aceptar a una mujer que ha estado
con otros hombres. ¿Dónde habéis perdido el amor a los sagrados vínculos de la
familia? ¡Irresponsable, mal padre! –le solté, empujándolo, y retrocedió
atemorizado.
- ¡Mi
hija es un ángel de virtud acrisolada y espíritu más limpio que el trono de
Dios!
- Eso
está bien... pero los maledicentes interpretan de forma siniestra y retorcida
las cosas más sencillas. Sirve de bien poco a la mujer pasarse la vida sobre
aviso si se descuida una sola hora. La honra y la virtud se diferencian en que
a ésta le basta la conciencia propia, y aquélla necesita de la conciencia
ajena. ¿Será infructuoso recordarle que honra que no lo parece es honra a
medias? Tenedlo en cuenta –no pude reprimir una sonrisa lobuna.
Por un
instante, en el fragor de aquel acalorado diálogo, sentí la tentación de acabar
de provocarle para que me retara a un duelo, mas me contuve. Un incidente así
al final provocaría un daño irreparable al compromiso matrimonial todavía
vigente.
Decidí seguir
atacando por el lado de la honorabilidad. Ahí no iba a pinchar en hueso.
- ¿Qué
pensaría don Alejo, sus cofrades de la Real Maestranza de Caballería de
Granada, Granada entera, de alguien que conspiró para romper un enlace matrimonial
mediante la muerte del novio convaleciente, héroe de guerra? Sí, no me mire
así, ¡provocando su muerte!
Le
expliqué, sin entrar en detalles, la intervención de Valdivia, mano derecha del
portugués, en el robo de un posible remedio para la cura de Leopoldo, adquirido
por don Alejo, y el vil asesinato de su portador.
Falcón palideció. Se veía entre la espada y la
pared. Entonces comprendí que su lealtad para con don Alejo se hallaba
comprometida. Le preocupaba el honor, sí. Mis golpes habían alcanzado de lleno
el cuerpo de mi adversario.
- ¡Eso
es falso! Yo no sabía nada de...
- ¡No
sabía, dice! ¿Es más sincero engañarse a uno mismo que a los demás? Mucho
dinero debió ofreceros el señor Ferreira para conseguir cegaros, recelarán. Una
dote principesca. Porque os ha pedido su mano, ¿verdad?
El
silencio le delató. Fue incapaz de aguantarme la mirada. Ese timorato era tan
mezquino como Espartero.
- No
será el primer americano de buena posición que se queda en España contrayendo
un enlace ventajoso –se defendió con tono de excusa.
- ¿Ventajoso
para quién? Solo teníais que decirle que ya estaba prometida, ¡por Dios! No
importa cuánto estáis implicado en el tejemaneje, si mucho o poco, ni siquiera
nada. Vale lo que pensará la buena sociedad de Granada. Sobre todo cuando sepan
que el portugués y vuestra bella hija hacían manitas a solas, con vuestra
connivencia. Bonita forma de comportarse para que don Alejo, custodio del honor
de la familia, se viera en la obligación de romper el compromiso.
- ¡Mida
sus palabras! No os creerán... –su tono delataba el temor ante mi
argumentación.
-
¿Seguro? ¡Apostad cuanto queráis! ¿Queréis arriesgaros a hacer la prueba y
cargar con ese baldón para vuestro honor? Para mí será pan comido seguir el
juego –me callé un momento para que la duda cimentara en su mente-. ¿Quién
despertará más simpatías, un héroe de guerra patrio o un extranjero advenedizo
e intrigante? Porque si vuestra hija no hubiera sido seducida por ese
aventurero, pensad bien en lo que os digo, sería como admitir que es un poco
ligera de cascos.
Sentí un
nudo en la garganta al decir esto último. Alicia Falcón era capaz de provocar
en mí sentimientos contradictorios y turbadores. Sentimientos, en cualquier
caso, que no tenían razón de ser ni podían permitirse.
- ¡Es un
atropello! Sería un escándalo –el conde se llevó las manos a la cabeza, intimidado
al imaginarse las consecuencias de todo aquello-. Os lo ruego, por caridad...
–permanecí impasible a sus súplicas-. ¿Dejaréis que un inocente cargue con una
culpa que no es suya?
- ¿Inocente?
No me hagáis reír... Además, eso sucede en el mundo a diario, guste o no. Se
trata de valorar el alcance de las consecuencias.
- De
hace unos días para acá mi hija está como cambiada: más levantisca, inquieta
–confesó el de Esteruelas con voz quebrada-. Ese no es su carácter, ella
siempre fue una dulce joven… ¿La habrán hechizado? Tal vez deberíamos llamar a
un exorcista –expuso derrotado, con semblante abrumado por la preocupación-. ¡Compadeceos
de mí!
No tenía
claro si decía la verdad o intentaba excusarse para salvarse de la quema. Sin
embargo, el cuadro sobre Alicia que acababa de bosquejarme el conde había
conseguido sobresaltarme. Decidí que no podía correr el riesgo de desechar
ninguna posibilidad. No por piedad hacia él, sino por ella.
-
Debíais haber pensado antes un poquito más en el amor que se profesaban los
novios y un poco menos en el interés económico –le reconvine con tono
admonitorio-. Haced lo que sea menester para que nadie eche el menor borrón
sobre su honra, tan limpia y pura como el cristal antes que ese portugués
bellaco pusiera sus sucios ojos sobre ella.
Me
resultó ingrato recordar, con un estremecimiento, la extraña intensidad en la
mirada de Alicia cuando salió de la mansión de Ferreira.
El
primer paso que la mujer da hacia el camino del mal, lo da siempre con la
imaginación, me dije con espanto.
Mis
temores se exasperaron ante aquella certeza.
- Esta
situación me gusta tan poco como a usted –le aseguré-. Encerradla en casa.
Llamad a médicos; a sacerdotes, incluso. No permitáis que el veneno de la
corrupción la emponzoñe… antes que el mal sea irreparable o pronto llegará el
día que deplore los extravíos de su razón. Hay pecados que nunca quedan lavados
como tras darse un baño en el río Jordán.
|
Son tiempos de Alfonso XII en una España alternativa en la que la tecnología steampunk y la magia conviven en difícil armonía. El honor y la amistad harán que un aventurero se enfrente a grandes peligros, llegando a estar en cuestión incluso el imperio donde todavía no se pone el sol.
martes
Capítulo XIV. Cuestión de honor
viernes
Capítulo XIII. Navegando en un mar de dudas
|
G
|
erónimo, tal y como le pedí
cuando nos encontramos en la fonda de Darío, convocó a capítulo a los miembros
de nuestra sociedad. El centro de reunión de Los Numantinos era un sótano
habilitado en dicha venta, nuestro peculiar cuarto de banderas, donde se
juntaba la plana mayor de nuestra fraternidad.
Arriba
se aglomeraban hombres de todas condiciones, alegres, horteras y bulliciosos
colegiales, que jugaban al billar en una mesa que se ponía en el centro o
pedían un dominó o las cartas, bebían y comían, entreteniéndose sin desórdenes
de ningún género. Así pasábamos desapercibidos.
Abajo nos
reuníamos un grupo de veteranos, compartiendo recuerdos y sueños quiméricos,
ajenos a la algarabía despreocupada de los parroquianos. Un mozo que estaba al
tanto de lo que allí se cocía y guardaba el secreto, nos bajaba unas bandejas
con tazas de café y copas de marrasquino.
Fue
inevitable que se comenzara hablando de los recientes asesinatos, que mantenían
conmovida a Granada.
- Esos crímenes
parecen obra del mismo diablo –exclamó Ortega, un hombre de buena traza, de
cuya frente semicalva caían algunos cabellos grises.
-
Pongamos más bien nuestra fe en lo conocido –argüí-. Nadie ha visto a Lucifer en
persona realizar esos trabajos sucios. Será alguno de sus embajadores en la
tierra.
- Les
chupa la sangre, dicen. Pero, ¿un vampiro en Granada? –el tono de Fanjul era de incredulidad.
Enjuto de carnes, lo disimulaba con un muy decente porte.
- ¿Quién
puede creer en los vampiros? –rebatió Ydiáquez, cuya negra barba crecida y
ensortijada le confería un aspecto de feroz berberisco.
- ¿Quién
no lleva encima una bala o una daga de plata… por si acaso? –terció Ramoneda
con aire vivaz y alegre, muy conforme con su picaresca faz-. ¿O balas
bendecidas o empapadas en agua bendita?
- No
hace falta creer en ellos para temerlos. Sobre todo, si te has enfrentado a
algún engendro de esa jaez –les dije-. Algunos sirven en el ejército alemán,
como bien sabéis. Sin embargo, esos malditos chupasangres no tienen la
costumbre de desollar o despellejar a sus víctimas. Los muertos no mostraban
marcas de colmillos, algo que los periódicos hubieran anunciado a bombo y
platillo, sino mordiscos desgarradores, como los de un depredador. Les habían
seccionado la yugular. Así es inevitable que se produzca una gran pérdida de
sangre.
- Un
depredador, un nosferatu… o un hombre
lobo –todos se giraron hacia Gerónimo. Su fuerza como lobizón le había valido
numerosas medallas en combate.
- O un
muerto viviente –respondió él con voz calma-. Además, yo no sería tan imbécil
como para darme el gusto de matar en la ciudad en la que vivo.
“O un muerto viviente”. Entonces pensé en
la descripción dada de la estatua de Coatlipec. “Vestido con piel humana”, resonaron esas palabras en mi mente.
En la
primera entrevista con Fermín Avellaneda nos dijo que el poder de la efigie
podía usarse para el bien o para el mal. Don Alejo lo quería para sanar a
Leopoldo. ¿Qué pretendían los que la robaron?
No pudo
ser una ratería al azar, debían conocer el valor mágico de lo que se llevaban,
cada vez estaba más convencido de ello.
- Los
crímenes, entonces, pueden estar relacionados con ese mal uso de la estatua
–reflexioné en voz alta lo que estaba rumiando mi cabeza. Todos me miraron, sin
entender.
Les
expliqué a mis conmilitones los asuntos en que andaba metido, ya conocidos por el lector a través de los
capítulos anteriores. Con la colaboración de Gerónimo, contaba con que estuvieran
dispuestos a echarnos una mano para desentrañar tanto el robo de la estatua
como el misterio que envolvía al portugués Ferreira, cuestiones ambas que
concernían a nuestro hermano Leopoldo.
- ¿Qué
tiene que ver una cosa con otra? –dudó Ortega.
- Todo.
Nada. Son demasiadas casualidades, ¿no os parece? –porfié.
-
Casualidades, tú lo has dicho. ¿Cómo relacionar el robo de la estatua con esas
terribles muertes? ¿Y al portugués ese con todo lo anterior? Hace años ya se
produjeron los secuestros de unas niñas y su horrible asesinato en el Albaycín.
Nunca se descubrió al culpable.
- Se
habló de los sin alma. Bestias, monstruos, chupasangres, hombres lobo, el
Fantasma del Darro… La lista de candidatos es extensa. Quién sabe. Y si alguien
lo sabe ha mantenido el secreto.
- No
seamos tan cándidos. El hombre del saco sigue trabajando a destajo. ¿Acaso no
hay brujas que chupan la sangre de niños para elaborar pócimas milagrosas que
luego venden a los burgueses para curarse de la sífilis o la hemofilia? ¿No se
dice también que comercian con niñas vírgenes para curar enfermedades venéreas
de gentes con posibles? Aquellas pobres niñas que mencionaste importaron porque
sus padres no eran unos cualquiera. Hoy siguen desapareciendo hijos de obreros
y huérfanos, y a nadie le importa una higa –se horrorizó Gerónimo.
Nadie
osó rebatirle. Algunos bajaron los párpados en señal de asentimiento.
- Tú
mismo, Gerónimo, eres un lobisome. Y se queda contigo, Ventura, a pesar de
ofrecerle venirse con nosotros en busca de fortuna. Mejor aliado contra ese engendro
del averno no encontrarás –afirmó Ortega.
- Cabal
–admitió el aludido. Sus ojos relampaguearon con fiereza-. No siento la menor
simpatía por esa raza de malditos. Me enfrenté con algunos de sus parientes en
Filipinas. No les fue muy bien –sonrió con desdén.
- Bien
es cierto –palmeé el hombro de Gerónimo-. Mas aunque no existiera la menor
relación entre esos misterios, ¿permaneceremos sentados mientras un asesino
campa a sus anchas por la ciudad?
- No te
aflijas por eso. Quedan suficientes hermanos en Granada para apoyarte. Estamos
tan unidos como los dedos de una mano –dijo Ramoneda.
- La
fortuna hace amigos, pero la desgracia crea hermanos –corroboró Ortega-. Las
acciones de guerra enaltecieron nuestras hojas de servicio y asegurarán nuestra
tranquilidad de conciencia en la vejez, aunque por desgracia no llenaron
nuestros bolsillos de duros. ¡Nos vamos de aventura!
Sabía
que algunos se preparaban para embarcar en la expedición que partiría en busca
de la mítica entrada de la Tierra Hueca.
Querían
encontrar las grandes cavernas bajo la Tierra. Decían que ocultaban enormes y
doradas ciudades con inmensos tesoros, donde los dinosaurios eran el mayor
peligro para los hombres subterráneos, una especie preadanita.
Solicité
y recibí el apoyo de los que se quedaban. Resultó, para mi sorpresa, que casi
todos se embarcaban en aquel viaje.
- ¡Dios
misericordioso, Ventura! Tú eres el primero que debería entenderlo –protestó
Fanjul-. Somos hombres de acción. Aquí estamos como animales enjaulados. Nos es
más grato el ruido de las olas del océano, que el de los hombres en las
ciudades. No nos hacemos a la vida civil, ni a trabajar como mulas por un
sueldo de hambre.
- Donde
el patrón hasta regatea agua, jabón y toalla cuando acaba el turno en la
fábrica para arrancarnos la costra formada por el sudor, el humo y el hollín. Donde
muchas obreras deben mendigar porque las pocas pesetas que ganan en la fábrica
no les alcanzan para alimentar a su prole. ¿Ese es el premio que recibimos por
todos nuestros años de servicio militar, trabajar como unos negros por unos
sueldos de miseria? –un murmullo de aprobación recibió las palabras de
Ydiáquez.
- Pues
busca otro oficio –repliqué con tono moderado.
- Están
tan malos, según dicen, todos los oficios... –apuntó Ramoneda.
- Sí,
sobre todo para los que tienen poca afición al trabajo –las risas respondieron a
mi aseveración.
- Son
malos tiempos, Ventura. Estamos obsoletos. Los soldados de vapor nos están
sustituyendo. Además, los hombres de nuestras condiciones no acabamos de
encajar en esta España mojigata y caduca.
- ¿Malos
tiempos, dices? –me chanceé-. Los de infantería siempre vamos a pie.
- ¡Rediez!
Eres el rey de los empecinados –se burló Ortega-. La paga de esa expedición es
buena, Ventura. Tenga éxito o no. De tenerlo, dicen que ahí abajo los
subterráneos acumulan montones de riquezas. ¿A quién no le gustaría vivir como
un marajá? Por fin arriesgaremos la piel por una buena causa: la nuestra.
Estamos cansados de sacar de donde no hay, de no aspirar más que a sobrevivir.
- ¿Te
acuerdas de Santiago Noguerda? ¿Sabes lo que es de él? –asentí con gesto
apesadumbrado ante la pregunta de Fanjul-. Ten, lee la nota de suicidio que
llevaba cuando evitamos que se pegara un tiro –como viera que no hacía ademán
de cogerla, la leyó él-: “Yo no diré,
como otros desgraciados, que a nadie se culpe de mi muerte. El suicidio es el
único recurso que me dejan los hombres”. La llevo siempre encima, para
tenerla presente y evitar el acabar como Noguerda. Aquí ya no pintamos nada,
amigo.
- ¿A qué
conduce tanta precipitación? –les incité.
- No la
vemos por ningún lado. También nos pedirás que te acompañemos en tus aventuras
como corsario del aire cuando tengas la patente de corso, ¿verdad? Ya lo
haremos cuando llegue el momento. Ahora toca esta aventura –afirmó Ramoneda.
- ¿No os
parece muy llamativo que aparezca ahora un desconocido explorador francés, con
la bolsa llena? Gastón Devauchelle, ¿no? ¿Quién lo había oído nombrar antes?
Otro extranjero, como el portugués, y tan embaucador como él –quería hacer
hincapié en todo lo que no me cuadraba.
- ¿Por
qué? ¿Acaso tienes pruebas de ello, Ventura? Nos ha pagado la mitad de la
soldada por anticipado. Ves fantasmas donde no los hay. Será uno de esos nobles
o burgueses podridos de dinero, ávidos de escapar de su ociosidad.
- Tú
desconfías de todo, Ventura, hasta de tu propia sombra.
- ¡Rayos
y culebrinas! La desventura me hizo desconfiado. Gracias a eso he sobrevivido a
trampas y emboscadas.
- Y
nosotros también, rediós. No le eches más cuentas. No busques conspiraciones
estrambóticas donde solo hay el simple deseo de alcanzar la gloria de un
ricacho, de contar con un extraordinario relato que explicar en los salones de
la alta sociedad a la vuelta. También el anhelo de arramblar con un buen caudal,
claro está, al menos por nuestra parte.
- ¿Cómo
ha averiguado la ignota entrada? Hace siglos que se buscaba...
- Hace
poco se descubrió el famoso mapa Nova et
Incognita Universi Orbis Descriptio, de Oronce Finé. Lo compró por un
potosí y además ha sido capaz de desentrañar las pistas ocultas. Voilà tout.
- Hay
negocios en los que se corre a todo vapor por una pendiente resbaladiza hacia
el falso templo de la fortuna –seguía recelando, algo innato a mi carácter.
- ¿Sabes
qué dicen de los hombres como nosotros en el Parlamento? “Hay quien prefiere manejar el fúsil a mover el martillo o el arado.
Quien se juega la vida en los azares de la guerra a sujetarse al trabajo
cotidiano de jornalero u operario. La única idea de esos hombres se contrae a
sustraerse al trabajo, tal es la vagancia de los españoles” –eran palabras
hirientes para todos nosotros-. Damos nuestra sangre, incluso la vida, por este
país ¡y nos acusan de vagancia! –se dolió Ramoneda-. ¡Un señoritingo diputado
que no habrá vertido ni una gota de sudor por nuestro país! Permite al menos
que demos esa misma sangre haragana y, llegado el caso, nuestra infame vida,
por nuestro propio interés.
Tenían
razón. Lo sabía del cierto. Pero yo no era hombre que cejara con facilidad en
su empeño... incluso cuando no tenía la razón.
- ¿Habéis
pensando en como burlar al kraken que navega por el Estrecho? Ya ha hundido un
barco.
- Monsieur Devauchelle ha pensado en todo.
La expedición cuenta con sus propios exorcistas y hombres-medicina indígenas
para combatir los engendros darwinistas y a cualquier otra magia que se nos
oponga. Dios abrirá camino. Y donde Él nos deje a nuestro albur, nosotros vamos
bien guarnecidos de armas.
- Por no
mencionar el submarino Peral de primera clase que ha partido de la base de
Santa Cruz de Tenerife en su búsqueda. Sus setenta y cinco metros de eslora lo
convierten en un rival del que ese engendro haría bien en huir.
Levanté
los brazos, rindiéndome. Nada de lo que dijera les haría cambiar de opinión.
Hasta en los matrimonios más felices se producen conflictos y seguir esa
disputa conducía a un callejón sin salida, tuve que reconocer.
- De
acuerdo, para vosotros la perra gorda –admití con tono derrotado-. Contar con
el apoyo de los que no emprendéis tamaña aventura me servirá de inestimable
ayuda.
- Tienes
que entenderlo, amigo. Tus filípicas carecen de razón de ser.
- Tenéis
razón. Os pido disculpas por mi vehemencia. No quise obligaros a hacer nada en
contra de vuestra voluntad. Igual que los seguidores de los apóstoles, entre
nosotros nadie tiene mando sobre los demás, y todos somos tan iguales como los
primeros cristianos. Pobre iglesia cuando sucumbió a sus interminables
jerarquías, y pobres de nosotros si cayéramos en el mismo error.
Nos
despedimos entre abrazos, deseándonos la mejor de las suertes para nuestras respectivas
misiones.
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