martes

Capítulo XIV. Cuestión de honor


 
P
or fin reapareció José Garza, el mestizo, en casa de don Alejo. Esperaba que sus indagaciones hubieran rendido frutos. Se introdujo en los círculos de americanos residentes en la ciudad, también en los de seguidores de ritos antiguos, ocultos o foráneos. En vano, según confesó con disgusto. Estábamos dando palos de ciego.
Le pregunté por Coatlipec. Si lo había descrito, a fuerza debía conocer los auténticos poderes de aquel dios prehispánico. Me fiaba más de sus explicaciones que de la grandilocuencia de Avellaneda.
- Se desuella a los inmolados. Alimentando con sangre al dios, éste da vida a la tierra, concede deseos. Eso debe saberlo don Alejo. Nos financió y dio las pistas para rescatar la estatua de quienes la habían expoliado a nuestros antepasados. Un acto de justicia para mi pueblo. En agradecimiento, unos chamanes aztecas usarían sus poderes para intentar curar a don Leopoldo. Pero necesitan el poder de la estatua para que sus conjuros surtan efecto.
Me sorprendía sobremanera que el patrón se mostrara predispuesto a sacrificar una vida humana, aunque si se trataba de salvar a Leopoldo tal vez hubiera relajado sus rígidos principios, no le encontraba otra explicación. Así se lo expuse a Garza, quien me tranquilizó.
- Hoy en día se sacrifican animales. Solo se recurre al sacrificio humano cuando se cuenta con algún condenado a muerte.
Prosiguió con el relato de sus pesquisas, que no resultaron gratuitas. Sospechaba que le seguían y tomaba todo tipo de precauciones. No quería acabar asesinado como su hermano. Todavía no he conocido a nadie a quien esa perspectiva le resultara agradable.
Me extrañó que se moviera en el sillón como si una compañía de hormigas le recorriera el cuerpo.
- ¿Os encontráis indispuesto?
- ¡Bah! Un pequeño alfilerazo.
- ¿Un alfilerazo? –le miré al soslayo.
- Sí, aquí –se señaló el pecho-. Penetró media pulgada, y no se atrevió a interesar las entrañas.
- Comprendo. Como a mí, no os gusta mostrar vuestras debilidades. ¿Picadura de navaja, sable, puñal?
- Eso primero fue. No les gustaron mis preguntas, me temo –me dirigió una mirada dolorida, pero aquella era más una pena del espíritu, no física-. Tal vez seamos víctimas de una maldición. Robamos la estatua.
- Por una buena causa –justifiqué de inmediato.
- Sí. Por partida doble, además. Mas nadie sabe cuáles pueden ser los designios de los dioses antiguos, tan cambiantes y volubles como nuestro propio humor... –como eso no admitía discusión, asentí en silencio.
- Los malditos serán los rufianes que se han interpuesto en nuestro camino cuando les pongamos las manos encima. No lo dude.
- La sangre de mi sangre exige venganza. Mi hermano no descansará en paz hasta que se haya hecho justicia. Mejor por mi mano que por la ley –al pronto sus ojos mostraron una expresión esperanzada, como si acabara de recordar algo vital-. Mire, tuve la prevención de tomar una impresión fotográfica ampliada de sus retinas, justo después de encontrar su cuerpo. Acabo de recibirla por correo de Cádiz –me mostró un sobre de tamaño medio-. Lo último que vio fue a su asesino.
Me la alcanzó. Entonces fui yo quien se removió en el canapé como un culo de mal asiento. Me puse de pie, incapaz de contenerme.
- ¡Es Valdivia, el matón al servicio del portugués! ¡Lo sabía! –bramé-. Sabía que de alguna manera esa gentuza estaba implicada.
Recordé entonces lo oído en el fumadero de opio: su patrón le había pedido llevar una talla a cierto lugar que, terrible desgracia, no pude escuchar cuál era. ¡La estatua, sin duda!
Los gritos dados en aquel estado de excitación ante tan reveladora pista, atrajeron la atención de Herr Emmanuel Planck, el científico contratado por don Alejo, un hombre enjuto con barbita de chivo y anteojos dorados.
Acababa de bajar de la habitación de Alejo con gesto circunspecto. Decía que con sus aparatosos instrumentos eléctricos, que había estado calibrando, intentaría estimular la actividad cerebral del enfermo. Ya se sabe que los germánicos suelen ser tan misteriosos como los espectros de sus baladas.
Al conocer sus planes comprendí, con desaliento, que todavía no contábamos con un antídoto para el mal de Leopoldo. Mi alegría se aplacó de inmediato.
-¿Me perrmite? –adelantó una mano.
Agarraba la imagen como si acabara de recibir el Santo Grial. Viéndole a la espera, con la mano en el aire, aflojé mi presa y se la entregué. Poco daño podía causarnos sus opiniones.
- Interresante. ¿Están ustedes familiarrisados con los estudios de mícer Lombroso? Fíjense en la estructurra craneal, caballerros. ¡Sí, esa asimetría! ¿La ven? –clamó con su fuerte acento alemán, señalando a lo que parecía ser la coronilla-. Vean la morrfología de la carra -la resiguió con el índice-. Fíjense en los arrcos supersiliarres. Creo que entre los volúmenes que me acompañan está la “Physiognomonica”, de Arristóteles. ¿Tal ves la hayan leído?
- Pues ahora mismo no lo recuerdo –solté veloz por no admitir mi ignorancia.
- Sabrán ustedes que hay siertos carracteres de nuestros rostros que llevan en ellos imprresa la naturalesa de nuestras almas, en los cuales se puede leerr como en un librro abierrto.
- ¿Y qué le dice este libro en cuestión? –señalé con la barbilla hacia la fotografía.
- Una fisonomía repleta de líneas bien poco regulares. Otra prueba de la relasión existente entre el interrior y el exterrior de un individuo. Sin duda, un hombre predestinado hasia el crimen. Alguien incapasitado para acatarr las normas de una sosiedad honrrada y cabal.
- No puedo por menos que darle en todo la razón –convine con la mayor seriedad.
- Ningún hombre nace malvado –terció Garza de forma inesperada-. Todo lo contrario. Los hombres son básicamente buenos. Solo la sociedad y las circunstancias los tornan malvados.
- Toda perrsonalidad humana puede dividirrse en varrias fasetas –el germano lanzó una mirada cargada de ojeriza al americano.
- Vuestras ideas son más peligrosas que las del doctor Freud de Viena –insistió mi compañero.
- ¡Bah! –el doctor ahogó un bostezo despreciativo-. La esensia de la sivilisasión es la restricsión de los apetitos humanos.
- ¿En qué se diferencia vuestro método para curar al señorito de la magia? –expuso Garza. Seguro que confiaba más en los métodos de sus chamanes, supuse, aunque me abstuve de hacer el comentario en voz alta.
El científico se subió los anteojos con el índice, y nos observó como a alumnos noveles.
- Todo lo que no se entiende parrese mágico... hasta que se comprrende y se domina.
- Puede ser. Hace unas décadas nuestra Inquisición le hubiera dispensado un tratamiento especial por brujo. Incluso hoy en día, aunque esos venerables padres de la Iglesia no lo entiendan, según usted, en caso de no utilizar ciertos poderes en su beneficio.
- No imporrta lo que esa gente crrea, sino que yo lo entienda todo, señorres. Para eso soy Herr Doktor en Medisina, Física y Leyes –anunció con tono arrogante-. Háganme caso. Detengan a ese sujeto. Prresto. Parra los crriminales natos adultos no caben muchos remedios: o se les aparrta parra siempre, en el caso de los incorregibles, o bien se les elimina cuando su incorregibilidad los torrna demasiado peligrrosos.
- En esa tarea ya nos afanamos. Nada me producirá más placer que detenerle, créame.
- Bien. Esperro que tengan la bondad de mantenerrme inforrmado al respecto. Interrés prrofesional –inclinó mecánicamente la cabeza y volvió a sus quehaceres en el sótano.
- Yo también me retiro –anunció Garza-. Debo reunirme con algunos de los míos.
También me disponía a salir cuando, de forma inesperada, se presentó cuellierguido y con aire altivo don Arturo Francisco María Falcón Núñez de Osorio, conde de Esteruelas, padre de Alicia, la prometida de Leopoldo. Mucha prosapia para unas rentas más bien escasas. Un enlace ventajoso, pues, entre unos nobles venidos a menos y un apellido que compensaba su falta de abolengo con unas nutridas arcas, pensé.
Venía a saber si las buenas nuevas que anuncié a su hija eran ciertas.
- El señorito necesita reposo absoluto –Peralta fue cómplice de mi engaño-. Nadie, excepto el señor y el médico pueden visitarlo.
- Exijo una respuesta. No me moveré de aquí hasta saber del cierto qué es lo que está pasando.
Al no estar don Alejo y Peralta negarse a ofrecerle información y a dejarle subir a las habitaciones de Leopoldo para ver cómo se encontraba, me vi obligado a aparecer en escena ante las exigencias de aquel caballero, de una fisonomía tan poco expresiva como la de un cadáver.
- ¿Estará usted contento con la hazaña de ayer? –exclamó en cuanto me vio entrar.
- Soy hombre que raras veces experimenta satisfacción ni disgusto con nada –fingí una sangre fría que distaba mucho de poseer en ese momento.
- ¡La vuestra ha sido una infamia en toda regla!
- No dramatice, hágame el favor. Y cuidad vuestras palabras, porque mi sangre se calienta cuando se me falta al respeto.
- ¡Ah! Me parece que usted tiene que explicar muchas cosas, señor mío –el conde de Esteruelas sacaba pecho como si llevara colgando la orden de comendador de Montesa. Era el típico que pretendía ser el águila que lucía en su escudo de armas y en realidad volaba como un triste cuervo.
- ¿Solo yo? Bien, empecemos, pues. Dios me perdone y no me castigue duramente por mentir en un tema tan grave, pero lo hice -los ojos del señor Falcón centelleaban con desprecio enconado-. Déjeme terminar. Mentí, y lo volvería a hacer... para rescatar a su hija de las garras libidinosas de aquel infame portugués.
- ¡Por los clavos de Cristo! Tamaña bellaquería no puede quedar sin respuesta - me miró con renovada furia, como un jabalí acosado.
- Entiendo que se refiere a la bellaquería del portugués, ¿verdad? ¿O no se ha indignado al saber que ella se encontró con un hombre, uno que no era su prometido? ¿Sabía, además, que estaban a solas? Le tenía por alguien puntilloso en cuestiones de honra, en particular cuando se trata de la propia -el otro se enfureció-. ¿Acaso quiere vender a su hija cual si fuera una ramera babilónica? –le azucé sin piedad.
- ¡Tiene la lengua y toda la boca podridas! -Arturo Falcón explotó-. ¿Quién osará sostener esa insidia?
- Inútil es preguntarlo. Todos y ninguno. Deducir el resultado de los hechos recién expuestos resulta tan claro como que dos y dos suman cuatro.
Levantó la mano, en un amago de soltarme un puñetazo o una bofetada. Permanecí inmóvil, a la espera. Al final se contuvo.
Yo no habría aguantado con esa cobarde resignación, pensé con desprecio.
- Mancháis con una sospecha infundada la inmaculada pureza de su honor. ¡Me dais asco! ¿Quién os creéis que sois para juzgarme, para juzgarnos? Un don nadie salido del arroyo, apenas un empleaducho. Un vulgar matón a sueldo, a tenor de lo que se dice por ahí –alzó la barbilla desdeñosamente hacia mí.
Por muy caballero que fuera no permitiría que siguiera faltándome. Me ofusqué, lo admito.
Le agarré de las solapas de la chaqueta de lino, típica de los indianos, y le arrinconé contra la pared.
- ¡Qué obcecación, Dios de Israel! –repliqué con asco-. No soy un felpudo al que pisotear. O encierra de una vez esa lengua tan suelta que tiene o se la corto. Por su propio interés, más le vale escucharme. El enemigo no soy yo… todavía –siseé como una serpiente a punto de saltar-. ¿Quién en su sano juicio querría casarse con una dama deshonrada, soportar la befa y el escarnio de la sociedad? Para un hombre de honor no es plato de gusto aceptar a una mujer que ha estado con otros hombres. ¿Dónde habéis perdido el amor a los sagrados vínculos de la familia? ¡Irresponsable, mal padre! –le solté, empujándolo, y retrocedió atemorizado.
- ¡Mi hija es un ángel de virtud acrisolada y espíritu más limpio que el trono de Dios!
- Eso está bien... pero los maledicentes interpretan de forma siniestra y retorcida las cosas más sencillas. Sirve de bien poco a la mujer pasarse la vida sobre aviso si se descuida una sola hora. La honra y la virtud se diferencian en que a ésta le basta la conciencia propia, y aquélla necesita de la conciencia ajena. ¿Será infructuoso recordarle que honra que no lo parece es honra a medias? Tenedlo en cuenta –no pude reprimir una sonrisa lobuna.
Por un instante, en el fragor de aquel acalorado diálogo, sentí la tentación de acabar de provocarle para que me retara a un duelo, mas me contuve. Un incidente así al final provocaría un daño irreparable al compromiso matrimonial todavía vigente.
Decidí seguir atacando por el lado de la honorabilidad. Ahí no iba a pinchar en hueso.
- ¿Qué pensaría don Alejo, sus cofrades de la Real Maestranza de Caballería de Granada, Granada entera, de alguien que conspiró para romper un enlace matrimonial mediante la muerte del novio convaleciente, héroe de guerra? Sí, no me mire así, ¡provocando su muerte!
Le expliqué, sin entrar en detalles, la intervención de Valdivia, mano derecha del portugués, en el robo de un posible remedio para la cura de Leopoldo, adquirido por don Alejo, y el vil asesinato de su portador.
 Falcón palideció. Se veía entre la espada y la pared. Entonces comprendí que su lealtad para con don Alejo se hallaba comprometida. Le preocupaba el honor, sí. Mis golpes habían alcanzado de lleno el cuerpo de mi adversario.
- ¡Eso es falso! Yo no sabía nada de...
- ¡No sabía, dice! ¿Es más sincero engañarse a uno mismo que a los demás? Mucho dinero debió ofreceros el señor Ferreira para conseguir cegaros, recelarán. Una dote principesca. Porque os ha pedido su mano, ¿verdad?
El silencio le delató. Fue incapaz de aguantarme la mirada. Ese timorato era tan mezquino como Espartero.
- No será el primer americano de buena posición que se queda en España contrayendo un enlace ventajoso –se defendió con tono de excusa.
- ¿Ventajoso para quién? Solo teníais que decirle que ya estaba prometida, ¡por Dios! No importa cuánto estáis implicado en el tejemaneje, si mucho o poco, ni siquiera nada. Vale lo que pensará la buena sociedad de Granada. Sobre todo cuando sepan que el portugués y vuestra bella hija hacían manitas a solas, con vuestra connivencia. Bonita forma de comportarse para que don Alejo, custodio del honor de la familia, se viera en la obligación de romper el compromiso.
- ¡Mida sus palabras! No os creerán... –su tono delataba el temor ante mi argumentación.
- ¿Seguro? ¡Apostad cuanto queráis! ¿Queréis arriesgaros a hacer la prueba y cargar con ese baldón para vuestro honor? Para mí será pan comido seguir el juego –me callé un momento para que la duda cimentara en su mente-. ¿Quién despertará más simpatías, un héroe de guerra patrio o un extranjero advenedizo e intrigante? Porque si vuestra hija no hubiera sido seducida por ese aventurero, pensad bien en lo que os digo, sería como admitir que es un poco ligera de cascos.
Sentí un nudo en la garganta al decir esto último. Alicia Falcón era capaz de provocar en mí sentimientos contradictorios y turbadores. Sentimientos, en cualquier caso, que no tenían razón de ser ni podían permitirse.
- ¡Es un atropello! Sería un escándalo –el conde se llevó las manos a la cabeza, intimidado al imaginarse las consecuencias de todo aquello-. Os lo ruego, por caridad... –permanecí impasible a sus súplicas-. ¿Dejaréis que un inocente cargue con una culpa que no es suya?
- ¿Inocente? No me hagáis reír... Además, eso sucede en el mundo a diario, guste o no. Se trata de valorar el alcance de las consecuencias.
- De hace unos días para acá mi hija está como cambiada: más levantisca, inquieta –confesó el de Esteruelas con voz quebrada-. Ese no es su carácter, ella siempre fue una dulce joven… ¿La habrán hechizado? Tal vez deberíamos llamar a un exorcista –expuso derrotado, con semblante abrumado por la preocupación-. ¡Compadeceos de mí!
No tenía claro si decía la verdad o intentaba excusarse para salvarse de la quema. Sin embargo, el cuadro sobre Alicia que acababa de bosquejarme el conde había conseguido sobresaltarme. Decidí que no podía correr el riesgo de desechar ninguna posibilidad. No por piedad hacia él, sino por ella.
- Debíais haber pensado antes un poquito más en el amor que se profesaban los novios y un poco menos en el interés económico –le reconvine con tono admonitorio-. Haced lo que sea menester para que nadie eche el menor borrón sobre su honra, tan limpia y pura como el cristal antes que ese portugués bellaco pusiera sus sucios ojos sobre ella.
Me resultó ingrato recordar, con un estremecimiento, la extraña intensidad en la mirada de Alicia cuando salió de la mansión de Ferreira.
El primer paso que la mujer da hacia el camino del mal, lo da siempre con la imaginación, me dije con espanto.
Mis temores se exasperaron ante aquella certeza.
- Esta situación me gusta tan poco como a usted –le aseguré-. Encerradla en casa. Llamad a médicos; a sacerdotes, incluso. No permitáis que el veneno de la corrupción la emponzoñe… antes que el mal sea irreparable o pronto llegará el día que deplore los extravíos de su razón. Hay pecados que nunca quedan lavados como tras darse un baño en el río Jordán.

viernes

Capítulo XIII. Navegando en un mar de dudas


G
erónimo, tal y como le pedí cuando nos encontramos en la fonda de Darío, convocó a capítulo a los miembros de nuestra sociedad. El centro de reunión de Los Numantinos era un sótano habilitado en dicha venta, nuestro peculiar cuarto de banderas, donde se juntaba la plana mayor de nuestra fraternidad.
Arriba se aglomeraban hombres de todas condiciones, alegres, horteras y bulliciosos colegiales, que jugaban al billar en una mesa que se ponía en el centro o pedían un dominó o las cartas, bebían y comían, entreteniéndose sin desórdenes de ningún género. Así pasábamos desapercibidos.
Abajo nos reuníamos un grupo de veteranos, compartiendo recuerdos y sueños quiméricos, ajenos a la algarabía despreocupada de los parroquianos. Un mozo que estaba al tanto de lo que allí se cocía y guardaba el secreto, nos bajaba unas bandejas con tazas de café y copas de marrasquino.
Fue inevitable que se comenzara hablando de los recientes asesinatos, que mantenían conmovida a Granada.
- Esos crímenes parecen obra del mismo diablo –exclamó Ortega, un hombre de buena traza, de cuya frente semicalva caían algunos cabellos grises.
- Pongamos más bien nuestra fe en lo conocido –argüí-. Nadie ha visto a Lucifer en persona realizar esos trabajos sucios. Será alguno de sus embajadores en la tierra.
- Les chupa la sangre, dicen. Pero, ¿un vampiro en Granada? –el tono de Fanjul era de incredulidad. Enjuto de carnes, lo disimulaba con un muy decente porte.
- ¿Quién puede creer en los vampiros? –rebatió Ydiáquez, cuya negra barba crecida y ensortijada le confería un aspecto de feroz berberisco.
- ¿Quién no lleva encima una bala o una daga de plata… por si acaso? –terció Ramoneda con aire vivaz y alegre, muy conforme con su picaresca faz-. ¿O balas bendecidas o empapadas en agua bendita?
- No hace falta creer en ellos para temerlos. Sobre todo, si te has enfrentado a algún engendro de esa jaez –les dije-. Algunos sirven en el ejército alemán, como bien sabéis. Sin embargo, esos malditos chupasangres no tienen la costumbre de desollar o despellejar a sus víctimas. Los muertos no mostraban marcas de colmillos, algo que los periódicos hubieran anunciado a bombo y platillo, sino mordiscos desgarradores, como los de un depredador. Les habían seccionado la yugular. Así es inevitable que se produzca una gran pérdida de sangre.
- Un depredador, un nosferatu… o un hombre lobo –todos se giraron hacia Gerónimo. Su fuerza como lobizón le había valido numerosas medallas en combate.
- O un muerto viviente –respondió él con voz calma-. Además, yo no sería tan imbécil como para darme el gusto de matar en la ciudad en la que vivo.
“O un muerto viviente”. Entonces pensé en la descripción dada de la estatua de Coatlipec. “Vestido con piel humana”, resonaron esas palabras en mi mente.
En la primera entrevista con Fermín Avellaneda nos dijo que el poder de la efigie podía usarse para el bien o para el mal. Don Alejo lo quería para sanar a Leopoldo. ¿Qué pretendían los que la robaron?
No pudo ser una ratería al azar, debían conocer el valor mágico de lo que se llevaban, cada vez estaba más convencido de ello.
- Los crímenes, entonces, pueden estar relacionados con ese mal uso de la estatua –reflexioné en voz alta lo que estaba rumiando mi cabeza. Todos me miraron, sin entender.
Les expliqué a mis conmilitones los asuntos en que andaba metido, ya  conocidos por el lector a través de los capítulos anteriores. Con la colaboración de Gerónimo, contaba con que estuvieran dispuestos a echarnos una mano para desentrañar tanto el robo de la estatua como el misterio que envolvía al portugués Ferreira, cuestiones ambas que concernían a nuestro hermano Leopoldo.
- ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? –dudó Ortega.
- Todo. Nada. Son demasiadas casualidades, ¿no os parece? –porfié.
- Casualidades, tú lo has dicho. ¿Cómo relacionar el robo de la estatua con esas terribles muertes? ¿Y al portugués ese con todo lo anterior? Hace años ya se produjeron los secuestros de unas niñas y su horrible asesinato en el Albaycín. Nunca se descubrió al culpable.
- Se habló de los sin alma. Bestias, monstruos, chupasangres, hombres lobo, el Fantasma del Darro… La lista de candidatos es extensa. Quién sabe. Y si alguien lo sabe ha mantenido el secreto.
- No seamos tan cándidos. El hombre del saco sigue trabajando a destajo. ¿Acaso no hay brujas que chupan la sangre de niños para elaborar pócimas milagrosas que luego venden a los burgueses para curarse de la sífilis o la hemofilia? ¿No se dice también que comercian con niñas vírgenes para curar enfermedades venéreas de gentes con posibles? Aquellas pobres niñas que mencionaste importaron porque sus padres no eran unos cualquiera. Hoy siguen desapareciendo hijos de obreros y huérfanos, y a nadie le importa una higa –se horrorizó Gerónimo.
Nadie osó rebatirle. Algunos bajaron los párpados en señal de asentimiento.
- Tú mismo, Gerónimo, eres un lobisome. Y se queda contigo, Ventura, a pesar de ofrecerle venirse con nosotros en busca de fortuna. Mejor aliado contra ese engendro del averno no encontrarás –afirmó Ortega.
- Cabal –admitió el aludido. Sus ojos relampaguearon con fiereza-. No siento la menor simpatía por esa raza de malditos. Me enfrenté con algunos de sus parientes en Filipinas. No les fue muy bien –sonrió con desdén.
- Bien es cierto –palmeé el hombro de Gerónimo-. Mas aunque no existiera la menor relación entre esos misterios, ¿permaneceremos sentados mientras un asesino campa a sus anchas por la ciudad?
- No te aflijas por eso. Quedan suficientes hermanos en Granada para apoyarte. Estamos tan unidos como los dedos de una mano –dijo Ramoneda.
- La fortuna hace amigos, pero la desgracia crea hermanos –corroboró Ortega-. Las acciones de guerra enaltecieron nuestras hojas de servicio y asegurarán nuestra tranquilidad de conciencia en la vejez, aunque por desgracia no llenaron nuestros bolsillos de duros. ¡Nos vamos de aventura!
Sabía que algunos se preparaban para embarcar en la expedición que partiría en busca de la mítica entrada de la Tierra Hueca.
Querían encontrar las grandes cavernas bajo la Tierra. Decían que ocultaban enormes y doradas ciudades con inmensos tesoros, donde los dinosaurios eran el mayor peligro para los hombres subterráneos, una especie preadanita.
Solicité y recibí el apoyo de los que se quedaban. Resultó, para mi sorpresa, que casi todos se embarcaban en aquel viaje.
- ¡Dios misericordioso, Ventura! Tú eres el primero que debería entenderlo –protestó Fanjul-. Somos hombres de acción. Aquí estamos como animales enjaulados. Nos es más grato el ruido de las olas del océano, que el de los hombres en las ciudades. No nos hacemos a la vida civil, ni a trabajar como mulas por un sueldo de hambre.
- Donde el patrón hasta regatea agua, jabón y toalla cuando acaba el turno en la fábrica para arrancarnos la costra formada por el sudor, el humo y el hollín. Donde muchas obreras deben mendigar porque las pocas pesetas que ganan en la fábrica no les alcanzan para alimentar a su prole. ¿Ese es el premio que recibimos por todos nuestros años de servicio militar, trabajar como unos negros por unos sueldos de miseria? –un murmullo de aprobación recibió las palabras de Ydiáquez.
- Pues busca otro oficio –repliqué con tono moderado.
- Están tan malos, según dicen, todos los oficios... –apuntó Ramoneda.
- Sí, sobre todo para los que tienen poca afición al trabajo –las risas respondieron a mi aseveración.
- Son malos tiempos, Ventura. Estamos obsoletos. Los soldados de vapor nos están sustituyendo. Además, los hombres de nuestras condiciones no acabamos de encajar en esta España mojigata y caduca.
- ¿Malos tiempos, dices? –me chanceé-. Los de infantería siempre vamos a pie.
- ¡Rediez! Eres el rey de los empecinados –se burló Ortega-. La paga de esa expedición es buena, Ventura. Tenga éxito o no. De tenerlo, dicen que ahí abajo los subterráneos acumulan montones de riquezas. ¿A quién no le gustaría vivir como un marajá? Por fin arriesgaremos la piel por una buena causa: la nuestra. Estamos cansados de sacar de donde no hay, de no aspirar más que a sobrevivir.
- ¿Te acuerdas de Santiago Noguerda? ¿Sabes lo que es de él? –asentí con gesto apesadumbrado ante la pregunta de Fanjul-. Ten, lee la nota de suicidio que llevaba cuando evitamos que se pegara un tiro –como viera que no hacía ademán de cogerla, la leyó él-: “Yo no diré, como otros desgraciados, que a nadie se culpe de mi muerte. El suicidio es el único recurso que me dejan los hombres”. La llevo siempre encima, para tenerla presente y evitar el acabar como Noguerda. Aquí ya no pintamos nada, amigo.
- ¿A qué conduce tanta precipitación? –les incité.
- No la vemos por ningún lado. También nos pedirás que te acompañemos en tus aventuras como corsario del aire cuando tengas la patente de corso, ¿verdad? Ya lo haremos cuando llegue el momento. Ahora toca esta aventura –afirmó Ramoneda.
- ¿No os parece muy llamativo que aparezca ahora un desconocido explorador francés, con la bolsa llena? Gastón Devauchelle, ¿no? ¿Quién lo había oído nombrar antes? Otro extranjero, como el portugués, y tan embaucador como él –quería hacer hincapié en todo lo que no me cuadraba.
- ¿Por qué? ¿Acaso tienes pruebas de ello, Ventura? Nos ha pagado la mitad de la soldada por anticipado. Ves fantasmas donde no los hay. Será uno de esos nobles o burgueses podridos de dinero, ávidos de escapar de su ociosidad.
- Tú desconfías de todo, Ventura, hasta de tu propia sombra.
- ¡Rayos y culebrinas! La desventura me hizo desconfiado. Gracias a eso he sobrevivido a trampas y emboscadas.
- Y nosotros también, rediós. No le eches más cuentas. No busques conspiraciones estrambóticas donde solo hay el simple deseo de alcanzar la gloria de un ricacho, de contar con un extraordinario relato que explicar en los salones de la alta sociedad a la vuelta. También el anhelo de arramblar con un buen caudal, claro está, al menos por nuestra parte.
- ¿Cómo ha averiguado la ignota entrada? Hace siglos que se buscaba...
- Hace poco se descubrió el famoso mapa Nova et Incognita Universi Orbis Descriptio, de Oronce Finé. Lo compró por un potosí y además ha sido capaz de desentrañar las pistas ocultas. Voilà tout.
- Hay negocios en los que se corre a todo vapor por una pendiente resbaladiza hacia el falso templo de la fortuna –seguía recelando, algo innato a mi carácter.
- ¿Sabes qué dicen de los hombres como nosotros en el Parlamento? “Hay quien prefiere manejar el fúsil a mover el martillo o el arado. Quien se juega la vida en los azares de la guerra a sujetarse al trabajo cotidiano de jornalero u operario. La única idea de esos hombres se contrae a sustraerse al trabajo, tal es la vagancia de los españoles” –eran palabras hirientes para todos nosotros-. Damos nuestra sangre, incluso la vida, por este país ¡y nos acusan de vagancia! –se dolió Ramoneda-. ¡Un señoritingo diputado que no habrá vertido ni una gota de sudor por nuestro país! Permite al menos que demos esa misma sangre haragana y, llegado el caso, nuestra infame vida, por nuestro propio interés.
Tenían razón. Lo sabía del cierto. Pero yo no era hombre que cejara con facilidad en su empeño... incluso cuando no tenía la razón.
- ¿Habéis pensando en como burlar al kraken que navega por el Estrecho? Ya ha hundido un barco.
- Monsieur Devauchelle ha pensado en todo. La expedición cuenta con sus propios exorcistas y hombres-medicina indígenas para combatir los engendros darwinistas y a cualquier otra magia que se nos oponga. Dios abrirá camino. Y donde Él nos deje a nuestro albur, nosotros vamos bien guarnecidos de armas.
- Por no mencionar el submarino Peral de primera clase que ha partido de la base de Santa Cruz de Tenerife en su búsqueda. Sus setenta y cinco metros de eslora lo convierten en un rival del que ese engendro haría bien en huir.
Levanté los brazos, rindiéndome. Nada de lo que dijera les haría cambiar de opinión. Hasta en los matrimonios más felices se producen conflictos y seguir esa disputa conducía a un callejón sin salida, tuve que reconocer.
- De acuerdo, para vosotros la perra gorda –admití con tono derrotado-. Contar con el apoyo de los que no emprendéis tamaña aventura me servirá de inestimable ayuda.
- Tienes que entenderlo, amigo. Tus filípicas carecen de razón de ser.
- Tenéis razón. Os pido disculpas por mi vehemencia. No quise obligaros a hacer nada en contra de vuestra voluntad. Igual que los seguidores de los apóstoles, entre nosotros nadie tiene mando sobre los demás, y todos somos tan iguales como los primeros cristianos. Pobre iglesia cuando sucumbió a sus interminables jerarquías, y pobres de nosotros si cayéramos en el mismo error.
Nos despedimos entre abrazos, deseándonos la mejor de las suertes para nuestras respectivas misiones.