viernes

Capítulo XXIII. Las órdenes del Rey



E
l viceministro pidió un refrigerio para todos. Cualquiera diría que el relato, especialmente la parte relativa a nuestras penalidades en Guam, le había secado la boca y abierto el apetito. Un mayordomo apareció con una bandeja de plata bien surtida. Café, chocolate con melindros, dulces variados. Otro criado portaba los licores.
Permanecimos en silencio hasta que ambos abandonaron la estancia.
No era el mejor momento para mostrar escrúpulos, mas no puede evitar el pensar en la legión de pobres vistos en las calles de Madrid, que apenas tendrían para llevarse a la boca un chusco de pan negro y roer un pedazo de carne dura y a medio cocer, mientras nosotros nos deleitábamos con aquel pequeño festín.
- Propongo un brindis por nuestros héroes –anunció el conde, a quien la pitanza parecía que mejoraba el humor.
- Héroes son los que cayeron por la patria y no volvieron a casa –repliqué con un tono más agrio de lo que la conveniencia dictaba.
- ¡Ah! La modestia siempre blasona al auténtico héroe –señaló el inquisidor, al tiempo que me lanzaba una mirada sibilina que me intranquilizó. Al punto me arrepentí de mi lengua impulsiva-. No crea usted que solo merecen considerarse héroes los que dejan una Troya ardiendo a sus espaldas.
- No me tenga por desagradecido, señor, pero no soy ningún héroe. ¡Qué más quisiera yo! Carezco de sus virtudes. Solo soy un hombre que intenta hacer lo que debe. Nada más. Para algunos soy un camarada; para otros, lo admito, un bastardo.
- Precisamente son esas virtudes –remarcó el inquisidor-, un corazón robusto y un espíritu limpio,  las que necesitamos en el caso que nos ocupa.
- ¿Cómo pudo soliviantar a los chamorros? –pregunté más por desviar la atención de mi actitud desairada que por otra cosa-. Nada hacía presagiar esa reacción desaforada por parte de los nativos.
- Las fuerzas expedicionarias transportaron a los cabecillas de la revuelta a Manila, donde fueron interrogados. Explicaron que Alfonso María, para ganarse su confianza, se presentó como un mestizo de las Américas, infiltrado en el ejército colonial español. Bajo la axila derecha llevaba grabada la triple K del Katipunan. Por si fuera poco, les mostró la máscara roja con el borde verde, indicativo de su posición como bayani o héroe de la KKK –nos desveló el coronel-. Les persuadió de la inminencia del alzamiento en las Filipinas, instándoles a prepararse. Como bien sabe, la guarnición en las islas Carolinas y las Marianas era escasa. Testimonial, para ser más exactos. Sería fácil proclamar la independencia cuando se levantase Filipinas, les dijo. Estaríamos tan ocupados allí que no enviaríamos tropas a aquellas diminutas y perdidas islas. Les convenció, sí, con las funestas consecuencias que todos conocemos.
- ¿Y qué fue de él? –si usaron los métodos de interrogatorio que conocía, los prisioneros no hubieran callado nada.
- Los jefes rebeldes lo ignoraban. Sospechamos que huyó de allí en un buque extranjero con rumbo desconocido –elucubró el conde. Reprimí una mueca de decepción. Aquello era lo mismo que seguir en la inopia-. Pero eso es el pasado. Concentrémonos en el presente y en la forma de actuar para capturarlo.
- A ese respecto y a la vista de los incidentes en Cádiz y Granada, también estimamos que Alfonso María es un Calcu, considerando sus antecedentes maternos. Esto es, caballeros, una persona que utilizaría un poder espiritual para dedicarse principalmente a hacer el daño al prójimo -explicó el coronel, experto en esas materias-. El Calcu hereda un espíritu Wekufe, espíritu que anteriormente le entregaba poder a un ancestro que también fue Calcu. Así, los Calcus serían sirvientes de los Wekufe y obtendrían el poder de estos espíritus –creo que en ese punto se percató de nuestros ceños fruncidos e intentó aclararnos lo que significaba todo aquello-. En resumidas cuentas, utilizó un encantamiento para herir a Leopoldo. Alfonso María usará un muerto viviente para alimentar a su Wekufe con las almas de los asesinados.
- ¿Ese no-muerto podría ser aquel al que los diarios llaman El Desollador? –pregunté con cautela.
- No podemos descartarlo, por supuesto -aseveró el coronel-. Todos esos actos execrables se realizan con el fin de alcanzar un gran poder personal, pero ¿con qué objeto? ¿Qué pretende conseguir con el caos que ha desatado?
- En esta sala todos somos tan españoles como Bernardo Carpio –aseveré con fiereza-. Sin embargo, ese infame conspira contra todo lo español.
- Mucho nos tememos que ese bellaco haya puesto los ojos sobre vuestro último proyecto, don Alejo –advirtió el viceministro-. Es prioritario salvaguardar el mismo, cueste lo que cueste. El Rey nos ha pedido que le hagamos entrega de esta misiva para usted –don Alejo enarcó las cejas. No se esperaba esto: órdenes directas del propio monarca-. Ese avance vuestro de la ciencia, un nuevo capítulo de nuestra ilustre y épica historia, nos confirmará como la mayor nación que Dios puso sobre la tierra.
- Y, como ya se sabe, Dios es español –apostilló el inquisidor a modo de chascarrillo-. Después de Dios, el rey, y abajo del rey, ninguno…
- Por supuesto, aumentaremos la seguridad en vuestras instalaciones –anunció el político con tono menos festivo-. Mandaremos de inmediato un despacho para que tropas de la guarnición local pasen a custodiarlas y otro al coronel de la Guardia Civil con mando en la plaza. La Real Fábrica de Artillería de La Cavada ha concluido una nueva sección de soldados mecánicos. Puede contar con una escuadra a su entero servicio.
Torcí el gesto. Esos guerreros de metal causarían el pánico en las calles de Granada de salir a escena para algo que no fuera un desfile militar. Una vez más, mi mohín no pasó desapercibido a los ojos del de Tárraga.
- ¿Sí, capitán? –el grado usado y su tono revelaban que el coronel pretendía halagarme.
Relaté sucintamente cómo descubrí a la sombra del asesino, de El Desollador para más señas, salvar un elevado muro en su huida sin la menor dificultad la noche que visité a Coral Saldaña.
- Supongo que nuestros soldados de metal podrían seguirlo… pasando a través de las paredes y destruyendo todo a su paso. Me temo que los granadinos que se encuentren en su camino no poseen siete vidas como los gatos.
- Entiendo su preocupación –intervino el conde, quien se giró hacia su subordinado-. No podemos arriesgarnos. La importancia de este proyecto exige el empleo de todos los medios a nuestro alcance. Estimo necesaria y urgente la intervención de sus agentes… especiales.
- Allá donde la ciencia alcanza sus límites y no sirve a nuestros objetivos, nuestros elementos sobrenaturales, con la ayuda de Dios, proveerán a ello. Pondré sobre aviso a mis agentes en la zona sobre la peligrosidad de ese sujeto.
- ¿Realmente ese invento es el objetivo del traidor? –cuestioné en voz alta.
- ¿Qué quiere decir con eso? ¿Acaso no resulta evidente? ¡Se trata del Leviatán del Aire! Un arma definitiva que nos dará la superioridad militar en las colonias y sobre nuestros enemigos –para mi sorpresa, acababa de desvelarme la naturaleza del proyecto de mi jefe-. Qué otro motivo podía explicar que ese traidor viniera a meterse en la boca del lobo.
- No lo sé. Ese es el problema, ¿me entiende? No paran de decir lo secreto y reservado que es el trabajo de don Alejo. Entonces, ¿cómo pudo saber de él? Además, ¿no hubiera sido más prudente, más inteligente, enviar a alguien al que no conociéramos en vez de a una persona a la que podíamos descubrir, como así ha sido?
- Déjese de circunloquios, sargento –ahora que el conde me recordaba la graduación, me solivianté-. Díganos cuál es su teoría, pues resulta obvio que algo está barruntando.
- Ha venido por algo o por alguien, lógicamente. De ser algo, ya consiguió la estatua de don Alejo... aunque ahora descanse bajo toneladas de roca. Pero todavía sigue aquí. La conclusión es que ha venido por alguien –no me atrevía a referirles la confesión del gitano Mairena a ese respecto, porque tampoco había concretado un nombre.
- ¿Quién, si puede saberse? –el viceministro se estaba irritando, para mi satisfacción-. Su absurda teoría no desmiente de ninguna manera nuestros temores sobre sus intenciones respecto al crucero del aire. ¿Y qué pretende de esa desconocida persona?
- De saberlo no tardaríamos mucho en atraparlo, estoy convencido –dije con más seguridad de la que en realidad sentía, por darme el gusto de seguir incomodando al apoltronado-. Lo desconozco, por desgracia.
- ¿Vengarse de Leopoldo, acaso? –apuntó don Alejo-. ¿Con qué objeto? Está postrado en cama, con inciertas posibilidades de recuperarse. ¿Iba a arriesgarse tanto por una empresa tan fútil? Máxime cuando cualquiera de sus matones sería capaz de un atentado sin necesidad de que él residiera en Granada, convirtiéndose así en el principal sospechoso. No tiene sentido…
- Un ejercicio deductivo muy interesante el de ambos… mas no nos conduce a ninguna parte. Resulta ocioso resaltar la capital importancia de su proyecto, don Alejo. Vital para que en nuestro imperio siga sin ponerse el sol. En eso nos centraremos. De existir cualquier otra motivación por parte de ese rufián, confiamos en su destreza y en la de las fuerzas del orden para ponerle coto.
- Sea este traidor o quienes propiciaron la infección de cólera en Cádiz, hoy en cuarentena, tras desembarcar un infectado de un buque extranjero, los enemigos de España nunca descansan. Nosotros, tampoco. Sí, capitán, no me mire así –yo, que había aprendido a no mover ni una ceja en las reuniones de oficiales, seguía sorprendido por la perspicacia del alto funcionario al atisbar mi sorpresa en un gesto nimio-. No es algo que esté al cabo de la calle, pero son constantes las acometidas de los enemigos de las Españas. Unas notorias, como ese maldito kraken, aún falta dilucidar si se trata de un monstruo darwinista o es en verdad el Nautilus del maldito Julio Vernes. Otras amenazas las mantenemos ocultas a la opinión pública. Por no hablar de los inagotables esfuerzos de esos herejes por alentar la hidra revolucionaria en nuestra patria.
- Permítame disentir –protestó con voz mesurada don Alejo-. Le proffesseur Vernes es un insigne y preclaro científico.
- Entiendo su punto de vista. Lo ve como un colega. Sin embargo, para nosotros sus ingenios son una fuente inagotable de preocupaciones en lo que atañe a la seguridad nacional –expuso el inquisidor-. Por si fuera poco, todos esos franceses, y su maldito Napoleón III, están contaminados con la peste de la Filosofía, a la que el Santo Oficio, cual firme valladar, opone nuestros cristianos e hispánicos argumentos.
- Ciertas lecturas deberían desaparecer, quemarse como con los libros relatados en el Quijote –abundó el viceministro-. Aquí no cundirá el volterianismo y la democracia platónica de Rousseau, denlo por descontado. El libre albedrío ha sido un permanente dolor de cabeza para la humanidad.
- ¿Cómo piensan detener a ese criminal? –expuso con gesto preocupado el patrón, volviendo al tema que nos ocupaba.
- Se van a iniciar unas pesquisas secretas para preparar los trámites de un consejo de guerra en rebeldía contra Alfonso María Ruiz de Arana Cominges en el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, bajo el cargo de convicto del crimen de alta traición, conspiración contra los sagrados, legítimos y absolutos derechos del Rey, y seguridad de sus plazas y dominios. De esa manera, una vez atrapado por quien sea, pasará inmediatamente a custodia militar, a la espera de la previsible e inevitable ejecución –expuso el coronel de forma tajante-. Nos preocupa, no obstante, que el traidor esté sobre aviso y vuelva a desaparecer sin dejar rastro.
- No podemos seguir los cauces oficiales en este asunto. Neutralizar a ese agente enemigo es cuestión de estado. Aunque no sea necesario, debo apelar a su patriotismo. El éxito de esta misión les brindará hacerse merecedores del reconocimiento de su país. En el caso de usted –se dirigió el viceministro a mí- recuperará además su grado de capitán a efectos del cobro de haberes. Sabemos de vuestro valor. También necesitamos que tengáis quieta la lengua sobre todo lo aquí tratado –insistió por enésima vez.
Asentí en silencio. Intenté que no me chirriaran los dientes por la rabia.
Los mismos que estaban encantados de ser mis superiores en el campo de batalla o compañeros de armas en los lances más arriesgados, no veían de buen grado mi presencia en el club de oficiales ni me consideraban su igual. Yo no era un señorito como ellos. Ni compré mi grado ni siquiera pasé por la Academia Militar. Tuve la desfachatez de ganarme los galones a base de valor.
Valentía debida, no lo negaré, a lo poco que valoraba mi existencia. Había conocido el hambre y las penurias, por lo que tenía muy poco que perder, a diferencia de todos aquellos apellidos de copete, cuya existencia contaba con demasiados atractivos como para jugársela así como así. Sus manos acostumbraban a calzar guantes, no a empuñar una pistola o a desenvainar el sable.
Y ahora el padre, tío, o tal vez abuelo, de algunos de esos señoritingos, me ofrecía recobrar lo que ellos mismos me habían arrebatado. No, corrijo, incrementaba mi pensión, no volver al servicio y recuperar mi honor mancillado.
Cállate, me previne cuando me disponía a abrir la boca. Muérdete la lengua o serás capaz de empeorarlo todo. Así que me limité a asentir con un gruñido y una leve inclinación de cabeza, mientras me tragaba ese vaso de bilis.
- Para intentar cazar al traidor sin desvelar los verdaderos motivos ni poner en cuestión la seguridad nacional, podemos publicar en la prensa una imagen de ese falso portugués, acusándole de ser sospechoso de la estafa de los bonos de las Minas del Cuzco, escándalo del que siguen hablando los diarios, ofreciendo a la par una sustanciosa recompensa por quien pueda dar detalles de su paradero para ser puesto en manos de la justicia.
El conde y el inquisidor asintieron en silencio ante el plan urdido por la mente brillante de don Alejo.
Me mordí los labios para ahogar una sonrisa. Aquella falsa acusación, hecha al azar por la necesidad de colocar el foco público sobre nuestro enemigo, coincidía con lo que me había expuesto el buen Darío en su taberna.
- Gran idea. Seguro que ese malhechor no dará la cara para desmentir esa acusación –convino el viceministro.
- Y con el estímulo del dinero, y la ayuda de Nuestro Señor, hasta los desmemoriados recordarán dónde se encuentra –sonrío mefíticamente el coronel.

martes

Capítulo XXII. Llegan las primeras respuestas



E
l viceministro del Ministerio de Ultramar, don Esteban Freyre Benjumea, conde de Campo Sagrado, grande de España de primera clase, con un monóculo que le confería un cierto aire prusiano y arrogante apostura, estaba sentado tras un enorme escritorio pulcramente ordenado.
A su lado, de pie, un coronel. Era don Félix Tárraga Argüelles, cuyos ojos vivaces y brillantes denotaban astucia y valor. Golpeaba rítmica y suavemente una fusta contra la pierna. Combinaba su guerrera negra con alzacuellos, con pantalones y botas de montar. Se trataba, ni más ni menos, que del famosísimo oficial al mando del Real Cuerpo de Inquisidores, Brujos y Artes Mágicas, dependiente del Ministerio de Interior. Aquel sacerdote-soldado despachaba directamente con el Rey, y tan solo a él y al Papa Borgia rendía cuentas.
Al entrar sentí la tentación de cuadrarme. Recordé al punto que ahora yo pertenecía a la clase de los paisanos, una vez licenciado del servicio, así que adopté una especie de posición de descanso, más informal que la de un militar, un paso por detrás de don Alejo, sentado cómodamente en un sillón Luis XIV.
El conde me miró con intensidad, como si me valorara en silencio. Con dedos finos movió de forma casi imperceptible una carpeta marrón. En casi todos los documentos que tenía a mano figuraba el sello rojo de “Secreto” en su portada.
Por fin se decidió a hablar. Se dirigió a mí.
- ¿Está absolutamente seguro de que el conocido como Arnaldo Ferreira Lopes do Nascimento es el oficial que aparece en la foto que nos enviaron al Ministerio de Guerra?
- Sin lugar a dudas, vuecencia –asentí con una firme convicción.
- Bien –esa confianza pareció tranquilizarle-. Siéntese, haga el favor –me solicitó-. Les pido a ambos su palabra de que todo lo que se trate en esta reunión sea considerado de carácter confidencial. Nada debe salir de estas cuatro paredes.
- Cuente con ello –aseveró don Alejo-. Por supuesto –se volvió hacia mí-, hablo por los dos. Su fidelidad se halla al abrigo de toda prueba.
- Confío en su buen juicio y su discreción, por supuesto. Cuento, por tanto, con su palabra de honor de guardar secreto sobre todo lo aquí tratado. In sigilo confidencia –el viceministro volvía a insistir en el mismo punto, también con latinajos, lo que me irritó un poco-. Patria y Progreso – volvió a mirarme con un deje de ironía. No moví ni un músculo al oír el lema de Los Numantinos, aunque debo admitir que me pilló por sorpresa-. ¿No faltan las palabras Dios y Rey en esa rúbrica? –sonrió levemente, pero sin el menor atisbo de humor-. Su pertenencia a esa… sociedad secreta, ¿supondrá algún problema a ese respecto?
- No tiene nada de secreta. Sus estatutos fueron legalizados. Nuestra fraternidad está abierta a todo militar que sirviera en ultramar –intenté buscar las palabras adecuadas, como el funambulista se balancea para conservar el equilibrio.
Me daba cuenta, tal vez un poco tarde, que trataba con auténticas serpientes, más venenosas que las de las selvas filipinas.
- Sabrá usted que bajo la apariencia de cofradías, gremios y otros pretextos, legales o no, se enmascaran sociedades que osan desafiar al orden establecido. Al gobierno de Su Majestad le disgustan en particular aquellos que se entrometen en sus intereses. Sería ocioso recordar revueltas cometidas so pretexto de defender la figura real, como el motín de Esquilache. El Rey no permitirá otra revolución como La Gloriosa que conduzca a su derrocamiento, tal como sucedió con su madre. Está inoculado contra los revolucionarios y sus instigadores.
- Yo solo formo parte de una sociedad benéfica de apoyo a los veteranos de guerra... aquellos que por su origen humilde no son admitidos en el Círculo Militar. Y no, no tendría que suponer el menor problema. ¿Por qué? –dije con tono candoroso, al menos todo lo cándido que alguien como yo era capaz de entonar sin sonar a ridículo o a impostado. Eso sí, me escamó que estuvieran tan bien informados sobre mí-. Si incumpliera mi palabra de guardar secreto sé que acabaría preso en el Saladero... o algo peor.
- Con precisión ineluctable, sería conducido al cadalso –dijo con un matiz de gazmoñería-. Distinguido con una charretera en recompensa de varios osados asaltos y tres honrosas cicatrices en combate –leía en mi expediente-. Ascendido a capitán a los veinticinco años. Degradado a sargento dos años después. ¿Contaremos con su primera versión o sigue entre las sombras de la segunda?
- Estoy al servicio de don Alejo. A mí me asusta el deshonor, pero no el patíbulo. Decida usted –repliqué con sequedad.
- De acuerdo –se conformó tras sopesar la cuestión unos segundos-. Parte de la historia le es conocida. Permita que no le ahorre algunos detalles en beneficio de don Alejo –no dije ni mu. Tampoco se esperaba que respondiera.
El conde comenzó su relato. Alfonso María Ruiz de Arana Cominges, el oficial de la foto hasta ahora conocido con el alias de Arnaldo Ferreira, fue en realidad un joven comandante destinado en el Estado Mayor de Filipinas. Así que de eso me sonaba, pensé aliviado al ubicar por fin aquella maldita cara.
En algún momento debimos cruzarnos en el archipiélago. Nada más allá de saludos formales y de compromiso, pues muchos oficiales de buena familia me veían como a un advenedizo por ser culpable del terrible pecado de ascender a fuerza de valor, y no de contactos y dinero. A ese punto de bajeza se había rebajado nuestro otrora honorable ejército en lo que atañe a sus mandos, pensé con tristeza.
El padre del objeto de nuestro interés era un rico criollo cubano. Este hizo un buen matrimonio con una heredera chilena, proseguía su narración el viceministro con voz monocorde. En aquel país sudamericano vivió sus primeros años.
Cuando murió el abuelo cubano, se trasladaron a la isla para que su padre se hiciera cargo de las propiedades familiares. Sospechaban que la madre del disfrazado de caballero portugués mantenía contactos con la brujería autóctona, mapuche para más señas, de donde el joven Alfonso María podría haber conseguido sus primeros poderes sobrenaturales.
De hecho, su conocimiento de ciertas artes malignas fue valorado positivamente por el mando militar a la hora de concederle destino, según constaba en su ficha, nos confesó el conde.
El joven destacaba por su gran capacidad de convicción y confianza en sí mismo, además de contar con un envidiable don de gentes, lo que permitía manipular a los demás con relativa facilidad. Según los informes, en Cuba se integró en la Logia Masónica local de la mano de su padre.
Viajó a España y compró el cargo de capitán. Su facilidad para las lenguas y para congeniar con otros pueblos hizo que, desde su puesto en el Estado Mayor, se le encargará de los contactos con los grupos locales de disidentes en Filipinas, lo que logró ayudado por su origen no peninsular y sus conocimientos de brujería, que impresionaron a los nativos. Luego resultaría ser una especie de agente doble.
A la vez que espiaba para el Ejército español, al menos eso era lo que se creía, impulsaba el independentismo filipino como miembro destacado de la organización secreta Katipunan.
Allí hizo un alto en la exposición el viceministro, incapaz de decir el  impronunciable nombre completo del Katipunan.
- Kataastaasan kagalanggalang Katipunan Nag Mga Anak ng Bayan, que se suele traducir como Suprema y Venerable Asociación de los Hijos del Pueblo, aunque otros lo traducen como Suprema Liberal Asociación de los Hijos del Pueblo, formada por indígenas y mestizos –puntualizó el Inquisidor General.
Me admiró su impecable pronunciación del tagalo. Su mirada era más penetrante y aguda que la del conde. Aunque, teóricamente, solo era un coronel, su importancia y, sobre todo, su poder iban más allá de ese mero rango.
– Gracias, coronel. Menudo jeroglífico –el conde prosiguió con la narración de los hechos y suposiciones alrededor de nuestro “amigo” común.
Capitanía General decidió concederle el mando militar sobre las Islas Marianas, conocidas históricamente con las Islas de los Ladrones, nombre que a la postre resultaría premonitorio, mientras que Leopoldo recibía el control sobre las Islas Carolinas, ambos archipiélagos motivo de disputa con estadounidenses y alemanes, para afirmar la soberanía patria sobre las mismas.
Como se sospechaba que podía estar al servicio de alguna de esas dos potencias, por sus devaneos con las fuerzas independentistas, se le envió allí para ver cómo actuaba. Leopoldo le controlaría a través del ordenanza de Alfonso María, encargado de vigilarle y enviar informes sobre él.
Aquella revelación, por completa desconocida para mí hasta ese instante, hizo que sintiera una bola de hielo pegada a las paredes de mi estómago.
Leopoldo siempre me hizo creer que el motivo de concederle esa autoridad había sido otro.
Entendí entonces que lo hizo obligado por el secreto de su misión.
- Y ahora abandonamos las certezas y entramos en el terreno de las hipótesis: no sabemos cómo pero debió descubrir que le vigilaban. Nuestras dudas estriban en si halló algún tesoro escondido en aquellas ignotas islas, pues no eran pocas las expediciones que buscaban riquezas ocultas en aquella región refugio de piratas, o percibió unos generosos emolumentos de una potencia extranjera por alentar la rebelión en nuestra contra –se encogió ligeramente de hombros-. Lo cierto es que decidió, al fin, no servir a nadie más que a sus propios intereses. A partir de ahí soliviantó a los chamorros, nativos de las Marianas, haciendo que estos se rebelarán. Ya les digo, no sabemos todavía si para cubrir su huida o a cuenta de alemanes o estadounidenses. Las consecuencias de su traición las conocen sobradamente: masacraron a la pequeña fuerza española, mientras Alfonso María pedía refuerzos a Leopoldo, su sobrino, por telégrafo para sofocar la revuelta, enviándole de cabeza a una trampa.
Por primera vez vi removerse a don Alejo en su asiento con cierta inquietud. Ese recordatorio del pasado le hizo volver el pensamiento hacia su sobrino enfermo.
Bastante tenía yo también con mis propias pesadillas para que aquel político gordinflón, que no había visto más batallas que las de los cuadros que decoraban su despacho, me siguiera importunando con lo que más deseaba olvidar. Pero, claro, ese era un peaje que debíamos pagar en nuestro camino en busca de la verdad.
Tras aquella breve pausa del viceministro, aprovechada para observar el efecto que causaba su relato en nosotros, juntó los dedos de las manos en un gesto monjil, y se dispuso a encarar la parte final de la historia.
- Ante el temor que Alfonso María huyera o tramara alguna nueva traición, y contraviniendo la lógica que sería esperar refuerzos de las Filipinas, a cuya Capitanía inmediatamente pidió socorro, su sobrino decidió embarcar a sus hombres hacia Guam. Él sabía lo que estaba en juego y se comportó como un héroe. Allí, bien… resulta ocioso recordar hechos tan dolorosos para todos.
- Fue un milagro que sobrevivieran –dijo el coronel con aire de admiración.
No respondí. Para qué. Eso mismo nos lo habían dicho innumerables veces los voceros del patrioterismo. Luego fue una desagradable sorpresa que aquellos mismos fariseos nos pagaran esa sangrienta gesta con el más ignominioso de los olvidos.
Me lo callé, por supuesto. No me apetecía escuchar más falsas excusas de aquellos jerifaltes.
- Desde entonces se le perdió la vista. De hecho, al no encontrar su cuerpo, se le daba oficialmente por desaparecido.
- Hasta ahora –no pude callarme-. ¿Y ahora qué? ¿Qué hace aquí ese traidor?
- Ojalá lo supiéramos –dijo el conde-. De eso se trata ahora. De averiguar qué pretende en realidad ese bellaco.
- Y de capturarlo –afirmó con tono tajante el inquisidor-. Sin importar a qué precio.