viernes

Capítulo XXIV. El peligro siempre acecha


D
espués de la entrevista en el Ministerio de Ultramar, nos dirigimos al de Instrucción Pública, donde don José de Echegaray esperaba al patrón para conferenciar sobre cuestiones técnicas relativas a su ingenio aéreo. Terminamos en el Palacio Real. Don Alejo había sido convocado a una audiencia reservada con Alfonso XII, con quien departió unos veinte minutos tras el regreso del monarca de su descanso veraniego en el Real Sitio de San Ildefonso.
Las arrugas de la frente de don Alejo denotaban preocupación cuando subimos al auto que debía conducirnos hasta la estación de Atocha.
- El Rey me ha prometido un marquesado por los servicios prestados al país, acompañado de la gran cruz de Carlos III. En breve aparecerá publicado el nombramiento en la Gaceta –dijo sin la alegría que se podía esperar ante un notición de tal calibre-. Enviará un regimiento de granaderos para aumentar la vigilancia en los astilleros de Granada. Como dijo el conde de Campo Sagrado, todo queda en un segundo plano ante ese proyecto.
- ¿Incluso Leopoldo? –aventuré a preguntar, intuyendo por dónde iban los tiros-. Usted siempre ha contado con la gracia del Rey.
- Todo. Incluso él –dijo con voz cascada. Un rictus de dolor cruzó su rostro-. Las órdenes del rey, nuestro señor, deben ser puntualmente ejecutadas. No queda más remedio que obedecer. Y seguir porfiando por el restablecimiento de mi sobrino.
- ¿Nos fuerzan a comportarnos como Guzmán el Bueno por el bien de España o por el suyo propio? –declamé con fiereza-. ¿Qué lealtad se espera de nosotros cuando se nos reclama el sacrificio de un ser querido? Una lealtad comprada con prebendas –casi escupí con desprecio.
- Como militar que fuiste debes ser el primero en entenderlo y acatar las órdenes. Al rey no se le desaira ni se le cuestiona –de ser siempre así, este país sería una plácida balsa de aceite, me dije para mis adentros, y no la olla en ebullición en la que se había convertido-. A veces, servir a los demás es una forma de servirnos a nosotros mismos –concluyó de forma críptica.
- ¿Realmente es tan importante ese arma? –mi interlocutor se encogió de hombros.
- Yo no la diseñé como tal. En sus orígenes era una nave de transporte: correo, mercancía, pasajeros. Proveería el comercio con las colonias. En la corte lo vieron de otra manera... el medio ideal para sustentar sus sueños imperiales. El rey quiere figurar en letras de oro en los libros de Historia, y esta solo la escriben los vencedores. Para conseguirlo la erizarán de cañones y munición, un crucero de los cielos. El Leviatán del aire, ya oíste antes al conde. Hasta la Real Fábrica de San Fernando construye algunas partes mecánicas del aparato, a pesar de estar centrada en los autómatas mencionados por el viceministro, creados nada menos que por Jaquet-Droz III.
Asentí en silencio. Ningún gobierno podía desaprovechar semejante ventaja. La escena internacional era de por sí bastante compleja como para desestimar aquel as en la manga: ¡el dominio de los cielos!
- Ante el temor de que otros países construyan un ingenio similar al nuestro se nos pide que la construcción se acelere. Prioridad absoluta –me miró fijamente-. Es más, se pretende, nada menos, que mi navío aéreo constituya el embrión de la futura Armada Espacial. Si fructifica, el rey me premiará con el Toisón de Oro –no pude evitar mirarle de hito en hito-. Sí, hijo, como bien sabes estamos en medio de un polvorín a punto de estallar por los enemigos de las Españas. No podemos andar ni un paso por detrás de quienes buscan nuestra ruina…
Concluyó con un hilo de voz, imaginé que usando las palabras del propio rey para justificarse.
- ¿Ese crucero podrá surcar las estrellas? ¿Con la cavorita?–pregunté con un deje de incredulidad.
- Ese es un invento propio de los folletines de aventuras científicas de Pérez Galdós. No, hijo. Las surcará con las modificaciones de diseño necesarias y empleando la adecuada combinación de propulsión aérea iónica, electrogravedad y fluidos electrodinámicos, sin la menor duda. Igual que hoy un submarino navega bajo el mar esa nave llegará a viajar por el cosmos.
- Resulta prístino que, como anunciaba la prensa, los franchutes ya están en el empeño del dominio del éter gracias a los inventos de ese Julio Vernes. Y detrás de ellos vendrán los británicos y quién sabe cuántos más. Todo esto parece increíble.
- Apreciado Ventura, lo que hoy nos parece increíble, mañana puede ser algo trivial –sus grandes ojos chispeaban con un fulgor eléctrico. Tras una breve pausa, prosiguió con tono de acendrada gratitud-. Sé que, de alguna manera, siempre te has sentido responsable de la desgraciada situación de Leopoldo –parecía que había llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa, pensé a la expectativa de sus palabras-. Pues bien, libérate de esa carga. Nunca nos debiste nada por ello. Si no tienes bastante con las explicaciones del viceministro, en este momento te eximo de cualquier compromiso que bienintencionada y equivocadamente todavía pudieras sentir. Tampoco tomes en consideración sus ofertas. Yo te doblaré el pago de aquella pensión.
- No me importan las órdenes del rey, ni las limosnas ofrecidas por el conde. Para algunos puede ser fácil dejar de cumplir lo que a otros se promete, pero lo que uno se jura a sí mismo... Hay lazos que me atan a ustedes. La lealtad, por ejemplo. La gratitud, también.
- Exalto tu ejemplar conducta, mas no seas loco, hijo. En el horizonte se atisban graves peligros. En nombre de la amistad con la que nos honras, no arriesgues más de lo que ya lo has hecho. No consentiré que asumas sacrificios que solo me corresponden a mí.
Aquellas palabras resonaron en el fondo de mi alma, causándome una momentánea sofoquina.
- ¡Pues no faltaría más! Me conduelo de vuestra situación y me abochornáis dejándome al margen en este momento, por favor. En nombre de esa lealtad que os profeso, pienso llegar hasta el final. Cumplo un deber de conciencia.
Se acercó hasta mí, dándome un abrazo. Apenas pude articular palabra. En aquel momento, y por primera vez, sentí el calor que un hijo suele recibir de un padre.
No sabía a ciencia cierta como ayudarle a pasar ese trago. Lo que sí tenía claro es que no lo dejaría solo.
Con el arranque de la casa de vapor ambos enmudecimos, intentando penetrar en las tinieblas que escondían lo que nos deparaba el futuro.
Un futuro lleno de incertidumbres y, como acaba de señalar el patrón, preñado de peligros.
Don Alejo se mostraba taciturno, incluso hosco tras nuestra conversación. El “cueste lo que cueste”, orden del propio rey, podía implicar incluso el sacrificio de su sobrino. Yo tampoco estaba de mejor humor tras las revelaciones del viceministro.
La misión de Leopoldo como gobernador, en colaboración con el ordenanza del traidor, que fue encontrado colgado con un cartel que ponía “Judas”, ese detalle no lo había revelado el viceministro, era vigilar a Alfonso María. Así, Leopoldo se aseguró de llevarme con él cuando fui degradado de capitán a sargento por golpear a un comandante, y no fue Leopoldo quien me siguió al destierro al que fui condenado para protegerme de mí mismo, como siempre había creído, iluso de mí.
Obviamente, el portugués, me costaba acostumbrarse a llamarlo por su auténtica identidad, debió descubrirlos y decidió eliminarlos provocando aquella revuelta de indígenas, lo que también le permitiría huir y cubrir sus huellas.
Por tanto, ya no tenía sentido martirizarme por un pecado que no había cometido, me convencí. Tras esa grata noticia me sentí como si me hubieran extirpado un miembro gangrenado: al principio asolado por el dolor del corte y la cicatriz hecha a fuego; luego, aliviado al liberarme de una infección que podía haberme matado. Sí, aquel sentimiento de culpa poco a poco me había corroído la conciencia, como una gota malaya, desde que me desperté malherido tras el último asalto de los insurrectos.
Eso sí, aun siendo un patriota, o precisamente por eso mismo, no seguiría adelante por complacer al rey. Ni siquiera por servir a los intereses de España, como marcaban los objetivos de Los Numantinos. Y mucho menos por la promesa de recuperar mi antigua graduación. Lo haría por amistad y, sobre todo, lo haría –entonces me di cuenta de ello- por gratitud hacia don Alejo. Él me llamó a su lado cuando estaba tocando fondo como vulgar pistolero a sueldo. Al principio, obnubilado por la rabia y el odio acumulados tras el regreso de Filipinas, creí que don Alejo realmente me necesitaba. Luego me di cuenta de la verdad: era a mí a quien estaba haciendo un gran favor al apartarme de la senda de destrucción por la que transitaba mi vida.
Un aerostato se aproximaba por el horizonte. Al acercarse en nuestra dirección tomé un catalejo. El viaje era largo y la ociosidad, sumada a las cavilaciones en las que mi mente se debatía, tensaba mis nervios como la cuerda de un arco.
Para mi sorpresa descubrí al gigantón de Valdivia en la proa del dirigible.
- ¡A todo vapor! ¡Sin ahorrar potencia! –grité-. ¡Vienen a por nosotros!
 Don Alejo tomó el tubo de comunicación con la locomotora para ordenar al maquinista que activara el mecanismo de las ruedas y saliéramos de la vía férrea para intentar librarnos de los atacantes.
Al poco, con un rugido intenso seguido de un traqueteo del convoy, unos enormes neumáticos se desplegaron, mientras las ruedas de aguja se retraían bajo las cabinas. El tren aminoró de forma momentánea la marcha para poder abandonar los rieles de forma segura y acometer la marcha por territorio abierto.
El ingenio aéreo nos iba comiendo terreno, legua a legua, más tras esa delicada operación mecánica.
Al aproximarse nos tiraron varias bombas de mano, pero la fortuna y la velocidad se aliaron con nuestros intereses.
Sin embargo, una granada alcanzó el vagón de mercancías que cerraba nuestro convoy. Ante el riesgo de descarrilar, Gerónimo y un maquinista consiguieron desengancharlo, pero esa operación nos hizo frenar y perder un tiempo precioso, con lo que el aerostato se situó casi sobre el tren.
Al llegar a nuestra altura, los villanos aéreos lanzaron unos cabos. Sin demora, descendieron por las cuerdas tres hombres sobre el vagón de pasajeros.
Gerónimo y yo, cada uno por un extremo del vagón, subimos al techo para enfrentarse a ellos.
La providencia quiso que yo subiera de cara a la marcha, descubriendo en lontananza que íbamos a descender casi de inmediato por un ligero terraplén. Alcé la mano para demandar a mi camarada que se quedara donde estaba y no se moviera. Me agarré con tanta fuerza a la escalerilla que me dolieron los nudillos.
La violenta sacudida producida al saltar el tren a causa del desnivel del terreno pilló desprevenidos a los asaltantes, momento que aprovechamos para subir al techo.
Uno se había desequilibrado y salió despedido hacia el suelo. Otro, mientras intentaba levantarse tras caerse de bruces en el techo del vagón, fue pateado por Gerónimo hasta hacer que se deslizara más allá del borde del mismo. En el último momento se agarró a las piernas de mi camarada, haciéndole caer al suelo, envolviéndose ambos en un ovillo de patadas y manotazos. Rogué porque pudiera desenvolverse por sí mismo. Debía ocuparme del último hombre.
El tercer elemento sería harina de otro costal. Valdivia se agarraba a una de los bordes del vagón, para no deslizarse fuera, mientras se afianzaba con la otra mano para incorporarse. Cuando salté sobre él, lanzó sus piernas adelante cual catapulta, y fui yo quien quedó colgando del borde. Empecé a balancearme, intentaba coger impulso para ayudarme a subir a fuerza de brazos.
Valdivia, más fuerte que un caballo de tiro y feroz como un diablo, avanzó lentamente hacia mí, asegurando cada paso. El traqueteo producido por la velocidad y los accidentes del terreno, abandonada la estabilidad de las vías, hacía que en el techo curvado del vagón el equilibrio fuera de lo más precario.
Al principio desenfundó y me apuntó con su pistola. Cuando creí que iba a dispararme la devolvió a su funda. Leí en su sonrisa feroz que venía a pisarme los nudillos. Quería deleitarse con mi muerte.
El sudor caía por mi espalda como si fuera una cascada, tanto por el esfuerzo de intentar alzarme como por ver que mi Némesis se aproximaba con la forma de aquel rufián sevillano.
Aquella bestia prorrumpió en una carcajada espantosa, saboreando ya su triunfo sobre mí. Para qué negarlo, yo también veía llegar el fin de mi tormentosa vida.
- Has ido demasiado lejos, infeliz. En un Ave María te reunirás con tus antepasados –se jactó, seguro de su triunfo.
 A pesar de mi pulso trémulo y de mostrar un rostro desencajado, mi sonrisa le desarmó por un instante. Desde mi frágil posición, sin embargo, veía lo que a él se le escapaba. Cuando vio mi suspiro de alivio giró la cabeza.
Demasiado tarde…
Gerónimo había tomado carrerilla tras él y de un recio empujón lo arrojó fuera del tren. Mi amigo, con una sonrisa más cordial que la de Valdivia, se agachó para alcanzarme la mano e izarme.
Una vez arriba ambos miramos atrás, adonde debió caer nuestro encarnizado enemigo.
Valdivia estaba en pie. Desgreñado, embarrado, con la ropa hecha jirones, pero tan amenazante como siempre. Alzaba el puño hacia nosotros y sus gritos se los llevaba el viento.
El dirigible, al que por fin habíamos sacado una distancia considerable, se había detenido sobre él para recogerlo.
- Ten por cierto que ya arreglaremos cuentas –me ahorré el vociferarle invectivas que no oiría. Las guardaba para nuestro próximo encuentro.

Capítulo XXIII. Las órdenes del Rey



E
l viceministro pidió un refrigerio para todos. Cualquiera diría que el relato, especialmente la parte relativa a nuestras penalidades en Guam, le había secado la boca y abierto el apetito. Un mayordomo apareció con una bandeja de plata bien surtida. Café, chocolate con melindros, dulces variados. Otro criado portaba los licores.
Permanecimos en silencio hasta que ambos abandonaron la estancia.
No era el mejor momento para mostrar escrúpulos, mas no puede evitar el pensar en la legión de pobres vistos en las calles de Madrid, que apenas tendrían para llevarse a la boca un chusco de pan negro y roer un pedazo de carne dura y a medio cocer, mientras nosotros nos deleitábamos con aquel pequeño festín.
- Propongo un brindis por nuestros héroes –anunció el conde, a quien la pitanza parecía que mejoraba el humor.
- Héroes son los que cayeron por la patria y no volvieron a casa –repliqué con un tono más agrio de lo que la conveniencia dictaba.
- ¡Ah! La modestia siempre blasona al auténtico héroe –señaló el inquisidor, al tiempo que me lanzaba una mirada sibilina que me intranquilizó. Al punto me arrepentí de mi lengua impulsiva-. No crea usted que solo merecen considerarse héroes los que dejan una Troya ardiendo a sus espaldas.
- No me tenga por desagradecido, señor, pero no soy ningún héroe. ¡Qué más quisiera yo! Carezco de sus virtudes. Solo soy un hombre que intenta hacer lo que debe. Nada más. Para algunos soy un camarada; para otros, lo admito, un bastardo.
- Precisamente son esas virtudes –remarcó el inquisidor-, un corazón robusto y un espíritu limpio,  las que necesitamos en el caso que nos ocupa.
- ¿Cómo pudo soliviantar a los chamorros? –pregunté más por desviar la atención de mi actitud desairada que por otra cosa-. Nada hacía presagiar esa reacción desaforada por parte de los nativos.
- Las fuerzas expedicionarias transportaron a los cabecillas de la revuelta a Manila, donde fueron interrogados. Explicaron que Alfonso María, para ganarse su confianza, se presentó como un mestizo de las Américas, infiltrado en el ejército colonial español. Bajo la axila derecha llevaba grabada la triple K del Katipunan. Por si fuera poco, les mostró la máscara roja con el borde verde, indicativo de su posición como bayani o héroe de la KKK –nos desveló el coronel-. Les persuadió de la inminencia del alzamiento en las Filipinas, instándoles a prepararse. Como bien sabe, la guarnición en las islas Carolinas y las Marianas era escasa. Testimonial, para ser más exactos. Sería fácil proclamar la independencia cuando se levantase Filipinas, les dijo. Estaríamos tan ocupados allí que no enviaríamos tropas a aquellas diminutas y perdidas islas. Les convenció, sí, con las funestas consecuencias que todos conocemos.
- ¿Y qué fue de él? –si usaron los métodos de interrogatorio que conocía, los prisioneros no hubieran callado nada.
- Los jefes rebeldes lo ignoraban. Sospechamos que huyó de allí en un buque extranjero con rumbo desconocido –elucubró el conde. Reprimí una mueca de decepción. Aquello era lo mismo que seguir en la inopia-. Pero eso es el pasado. Concentrémonos en el presente y en la forma de actuar para capturarlo.
- A ese respecto y a la vista de los incidentes en Cádiz y Granada, también estimamos que Alfonso María es un Calcu, considerando sus antecedentes maternos. Esto es, caballeros, una persona que utilizaría un poder espiritual para dedicarse principalmente a hacer el daño al prójimo -explicó el coronel, experto en esas materias-. El Calcu hereda un espíritu Wekufe, espíritu que anteriormente le entregaba poder a un ancestro que también fue Calcu. Así, los Calcus serían sirvientes de los Wekufe y obtendrían el poder de estos espíritus –creo que en ese punto se percató de nuestros ceños fruncidos e intentó aclararnos lo que significaba todo aquello-. En resumidas cuentas, utilizó un encantamiento para herir a Leopoldo. Alfonso María usará un muerto viviente para alimentar a su Wekufe con las almas de los asesinados.
- ¿Ese no-muerto podría ser aquel al que los diarios llaman El Desollador? –pregunté con cautela.
- No podemos descartarlo, por supuesto -aseveró el coronel-. Todos esos actos execrables se realizan con el fin de alcanzar un gran poder personal, pero ¿con qué objeto? ¿Qué pretende conseguir con el caos que ha desatado?
- En esta sala todos somos tan españoles como Bernardo Carpio –aseveré con fiereza-. Sin embargo, ese infame conspira contra todo lo español.
- Mucho nos tememos que ese bellaco haya puesto los ojos sobre vuestro último proyecto, don Alejo –advirtió el viceministro-. Es prioritario salvaguardar el mismo, cueste lo que cueste. El Rey nos ha pedido que le hagamos entrega de esta misiva para usted –don Alejo enarcó las cejas. No se esperaba esto: órdenes directas del propio monarca-. Ese avance vuestro de la ciencia, un nuevo capítulo de nuestra ilustre y épica historia, nos confirmará como la mayor nación que Dios puso sobre la tierra.
- Y, como ya se sabe, Dios es español –apostilló el inquisidor a modo de chascarrillo-. Después de Dios, el rey, y abajo del rey, ninguno…
- Por supuesto, aumentaremos la seguridad en vuestras instalaciones –anunció el político con tono menos festivo-. Mandaremos de inmediato un despacho para que tropas de la guarnición local pasen a custodiarlas y otro al coronel de la Guardia Civil con mando en la plaza. La Real Fábrica de Artillería de La Cavada ha concluido una nueva sección de soldados mecánicos. Puede contar con una escuadra a su entero servicio.
Torcí el gesto. Esos guerreros de metal causarían el pánico en las calles de Granada de salir a escena para algo que no fuera un desfile militar. Una vez más, mi mohín no pasó desapercibido a los ojos del de Tárraga.
- ¿Sí, capitán? –el grado usado y su tono revelaban que el coronel pretendía halagarme.
Relaté sucintamente cómo descubrí a la sombra del asesino, de El Desollador para más señas, salvar un elevado muro en su huida sin la menor dificultad la noche que visité a Coral Saldaña.
- Supongo que nuestros soldados de metal podrían seguirlo… pasando a través de las paredes y destruyendo todo a su paso. Me temo que los granadinos que se encuentren en su camino no poseen siete vidas como los gatos.
- Entiendo su preocupación –intervino el conde, quien se giró hacia su subordinado-. No podemos arriesgarnos. La importancia de este proyecto exige el empleo de todos los medios a nuestro alcance. Estimo necesaria y urgente la intervención de sus agentes… especiales.
- Allá donde la ciencia alcanza sus límites y no sirve a nuestros objetivos, nuestros elementos sobrenaturales, con la ayuda de Dios, proveerán a ello. Pondré sobre aviso a mis agentes en la zona sobre la peligrosidad de ese sujeto.
- ¿Realmente ese invento es el objetivo del traidor? –cuestioné en voz alta.
- ¿Qué quiere decir con eso? ¿Acaso no resulta evidente? ¡Se trata del Leviatán del Aire! Un arma definitiva que nos dará la superioridad militar en las colonias y sobre nuestros enemigos –para mi sorpresa, acababa de desvelarme la naturaleza del proyecto de mi jefe-. Qué otro motivo podía explicar que ese traidor viniera a meterse en la boca del lobo.
- No lo sé. Ese es el problema, ¿me entiende? No paran de decir lo secreto y reservado que es el trabajo de don Alejo. Entonces, ¿cómo pudo saber de él? Además, ¿no hubiera sido más prudente, más inteligente, enviar a alguien al que no conociéramos en vez de a una persona a la que podíamos descubrir, como así ha sido?
- Déjese de circunloquios, sargento –ahora que el conde me recordaba la graduación, me solivianté-. Díganos cuál es su teoría, pues resulta obvio que algo está barruntando.
- Ha venido por algo o por alguien, lógicamente. De ser algo, ya consiguió la estatua de don Alejo... aunque ahora descanse bajo toneladas de roca. Pero todavía sigue aquí. La conclusión es que ha venido por alguien –no me atrevía a referirles la confesión del gitano Mairena a ese respecto, porque tampoco había concretado un nombre.
- ¿Quién, si puede saberse? –el viceministro se estaba irritando, para mi satisfacción-. Su absurda teoría no desmiente de ninguna manera nuestros temores sobre sus intenciones respecto al crucero del aire. ¿Y qué pretende de esa desconocida persona?
- De saberlo no tardaríamos mucho en atraparlo, estoy convencido –dije con más seguridad de la que en realidad sentía, por darme el gusto de seguir incomodando al apoltronado-. Lo desconozco, por desgracia.
- ¿Vengarse de Leopoldo, acaso? –apuntó don Alejo-. ¿Con qué objeto? Está postrado en cama, con inciertas posibilidades de recuperarse. ¿Iba a arriesgarse tanto por una empresa tan fútil? Máxime cuando cualquiera de sus matones sería capaz de un atentado sin necesidad de que él residiera en Granada, convirtiéndose así en el principal sospechoso. No tiene sentido…
- Un ejercicio deductivo muy interesante el de ambos… mas no nos conduce a ninguna parte. Resulta ocioso resaltar la capital importancia de su proyecto, don Alejo. Vital para que en nuestro imperio siga sin ponerse el sol. En eso nos centraremos. De existir cualquier otra motivación por parte de ese rufián, confiamos en su destreza y en la de las fuerzas del orden para ponerle coto.
- Sea este traidor o quienes propiciaron la infección de cólera en Cádiz, hoy en cuarentena, tras desembarcar un infectado de un buque extranjero, los enemigos de España nunca descansan. Nosotros, tampoco. Sí, capitán, no me mire así –yo, que había aprendido a no mover ni una ceja en las reuniones de oficiales, seguía sorprendido por la perspicacia del alto funcionario al atisbar mi sorpresa en un gesto nimio-. No es algo que esté al cabo de la calle, pero son constantes las acometidas de los enemigos de las Españas. Unas notorias, como ese maldito kraken, aún falta dilucidar si se trata de un monstruo darwinista o es en verdad el Nautilus del maldito Julio Vernes. Otras amenazas las mantenemos ocultas a la opinión pública. Por no hablar de los inagotables esfuerzos de esos herejes por alentar la hidra revolucionaria en nuestra patria.
- Permítame disentir –protestó con voz mesurada don Alejo-. Le proffesseur Vernes es un insigne y preclaro científico.
- Entiendo su punto de vista. Lo ve como un colega. Sin embargo, para nosotros sus ingenios son una fuente inagotable de preocupaciones en lo que atañe a la seguridad nacional –expuso el inquisidor-. Por si fuera poco, todos esos franceses, y su maldito Napoleón III, están contaminados con la peste de la Filosofía, a la que el Santo Oficio, cual firme valladar, opone nuestros cristianos e hispánicos argumentos.
- Ciertas lecturas deberían desaparecer, quemarse como con los libros relatados en el Quijote –abundó el viceministro-. Aquí no cundirá el volterianismo y la democracia platónica de Rousseau, denlo por descontado. El libre albedrío ha sido un permanente dolor de cabeza para la humanidad.
- ¿Cómo piensan detener a ese criminal? –expuso con gesto preocupado el patrón, volviendo al tema que nos ocupaba.
- Se van a iniciar unas pesquisas secretas para preparar los trámites de un consejo de guerra en rebeldía contra Alfonso María Ruiz de Arana Cominges en el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, bajo el cargo de convicto del crimen de alta traición, conspiración contra los sagrados, legítimos y absolutos derechos del Rey, y seguridad de sus plazas y dominios. De esa manera, una vez atrapado por quien sea, pasará inmediatamente a custodia militar, a la espera de la previsible e inevitable ejecución –expuso el coronel de forma tajante-. Nos preocupa, no obstante, que el traidor esté sobre aviso y vuelva a desaparecer sin dejar rastro.
- No podemos seguir los cauces oficiales en este asunto. Neutralizar a ese agente enemigo es cuestión de estado. Aunque no sea necesario, debo apelar a su patriotismo. El éxito de esta misión les brindará hacerse merecedores del reconocimiento de su país. En el caso de usted –se dirigió el viceministro a mí- recuperará además su grado de capitán a efectos del cobro de haberes. Sabemos de vuestro valor. También necesitamos que tengáis quieta la lengua sobre todo lo aquí tratado –insistió por enésima vez.
Asentí en silencio. Intenté que no me chirriaran los dientes por la rabia.
Los mismos que estaban encantados de ser mis superiores en el campo de batalla o compañeros de armas en los lances más arriesgados, no veían de buen grado mi presencia en el club de oficiales ni me consideraban su igual. Yo no era un señorito como ellos. Ni compré mi grado ni siquiera pasé por la Academia Militar. Tuve la desfachatez de ganarme los galones a base de valor.
Valentía debida, no lo negaré, a lo poco que valoraba mi existencia. Había conocido el hambre y las penurias, por lo que tenía muy poco que perder, a diferencia de todos aquellos apellidos de copete, cuya existencia contaba con demasiados atractivos como para jugársela así como así. Sus manos acostumbraban a calzar guantes, no a empuñar una pistola o a desenvainar el sable.
Y ahora el padre, tío, o tal vez abuelo, de algunos de esos señoritingos, me ofrecía recobrar lo que ellos mismos me habían arrebatado. No, corrijo, incrementaba mi pensión, no volver al servicio y recuperar mi honor mancillado.
Cállate, me previne cuando me disponía a abrir la boca. Muérdete la lengua o serás capaz de empeorarlo todo. Así que me limité a asentir con un gruñido y una leve inclinación de cabeza, mientras me tragaba ese vaso de bilis.
- Para intentar cazar al traidor sin desvelar los verdaderos motivos ni poner en cuestión la seguridad nacional, podemos publicar en la prensa una imagen de ese falso portugués, acusándole de ser sospechoso de la estafa de los bonos de las Minas del Cuzco, escándalo del que siguen hablando los diarios, ofreciendo a la par una sustanciosa recompensa por quien pueda dar detalles de su paradero para ser puesto en manos de la justicia.
El conde y el inquisidor asintieron en silencio ante el plan urdido por la mente brillante de don Alejo.
Me mordí los labios para ahogar una sonrisa. Aquella falsa acusación, hecha al azar por la necesidad de colocar el foco público sobre nuestro enemigo, coincidía con lo que me había expuesto el buen Darío en su taberna.
- Gran idea. Seguro que ese malhechor no dará la cara para desmentir esa acusación –convino el viceministro.
- Y con el estímulo del dinero, y la ayuda de Nuestro Señor, hasta los desmemoriados recordarán dónde se encuentra –sonrío mefíticamente el coronel.